PREVENTA HASTA EL 26 DE FEBRERO
1968. El mundo tiembla por París y Praga cuando Sevilla aparece llena de melenas y discos que nadie conoce. Los americanos llevan años en la ciudad y los chavales toman nota de nuevas músicas, nuevas drogas e ideas que arden como papel de fumar. Surgen bandas y comunas mientras el LSD corre de mano en mano. Los colgaos deambulan por el parque de la Alameda y las chicas practican el amor libre entre los arbustos. Entre todo eso, un adolescente de quince años sigue a su amigo Fali y a Carlos Pinball, rockero y leyenda local, en su peligroso viaje por los márgenes de la revolución psicodélica.
Sevilla fue la zona cero de la contracultura española, y Quico Rivas estaba ahí para contarlo. Lo hizo con esta novela de iniciación, cruda y luminosa, donde la inocencia choca con la realidad y las promesas se rompen antes de cumplirse. Escrita en 1980 y nunca publicada hasta ahora, Lo que dura una canción retrata el instante exacto en que una ciudad creyó que podía cambiar de piel y descubrió que las revoluciones, como las canciones, a veces se terminan demasiado pronto.
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1968. El mundo tiembla por París y Praga cuando Sevilla aparece llena de melenas y discos que nadie conoce. Los americanos llevan años en la ciudad y los chavales toman nota de nuevas músicas, nuevas drogas e ideas que arden como papel de fumar. Surgen bandas y comunas mientras el LSD corre de mano en mano. Los colgaos deambulan por el parque de la Alameda y las chicas practican el amor libre entre los arbustos. Entre todo eso, un adolescente de quince años sigue a su amigo Fali y a Carlos Pinball, rockero y leyenda local, en su peligroso viaje por los márgenes de la revolución psicodélica.
Sevilla fue la zona cero de la contracultura española, y Quico Rivas estaba ahí para contarlo. Lo hizo con esta novela de iniciación, cruda y luminosa, donde la inocencia choca con la realidad y las promesas se rompen antes de cumplirse. Escrita en 1980 y nunca publicada hasta ahora, Lo que dura una canción retrata el instante exacto en que una ciudad creyó que podía cambiar de piel y descubrió que las revoluciones, como las canciones, a veces se terminan demasiado pronto.

- PVP: 18,50 €
- Precio sin IVA: 17,79 €
- ISBN: 979-13-991048-3-7
- Género: Novela, años 60, contracultura
- Tamaño: 13,5 x 21 cm
- Número de páginas: 168
- Puesta a la venta: 26 de febrero de 2026
Quico Rivas (Cuenca, 1953 – Ronda, 2008) fue como un misil desde la Sevilla contracultural al Madrid de la Movida. Crítico de arte, comisario, artista plástico y escritor, durante los años setenta y ochenta formó parte de la renovación cultural española, impulsando exposiciones y proyectos fuera de los circuitos habituales, siempre atento a lo experimental y a los márgenes.
Su mirada abierta, irónica y sin filtros convirtió su trabajo en referencia para artistas y creadores de distintas disciplinas. Dejó una obra crítica que recoge su pasión por la pintura y el arte contemporáneo, y su archivo forma parte de la Biblioteca del Museo Reina Sofía. Su legado nos habla de un arte que aspira a fundirse con la vida y que florece lejos de los circuitos oficiales.
Su mirada abierta, irónica y sin filtros convirtió su trabajo en referencia para artistas y creadores de distintas disciplinas. Dejó una obra crítica que recoge su pasión por la pintura y el arte contemporáneo, y su archivo forma parte de la Biblioteca del Museo Reina Sofía. Su legado nos habla de un arte que aspira a fundirse con la vida y que florece lejos de los circuitos oficiales.

Esta es la novela perdida de Quico Rivas. Un viaje a la Sevilla psicodélica de finales de los sesenta, la de Smash, Gong y Nuevos Tiempos; la de los primeros porros en el parque y las melenas al viento.
«En Carlos Pinball convergen o podrían converger muchos otros jóvenes, músicos o no, que sucumbieron entonces al alcohol, al hachís o al LSD, carne de manicomio y electroshock, luego iluminados deambulantes, hijos del agobio, pruebas indelebles de que el experimento contracultural dejó por el camino a no pocos héroes caídos en la batalla, desde luego en Sevilla».—FRAN G. MATUTE
«Yo mismo cultivé la leyenda de mi mala fama, que es la única fama respetable».—QUICO RIVAS
«Lo del pelo largo fue como una epidemia. Repentinamente, sin previo aviso, la ciudad apareció florecida de espléndidas melenas, matas algunas de ellas que llegaban hasta la cintura. Melenas lacias modelo lánguida princesa, melenas rizadas y encrespadas como tormentas, bolas estilo africano, trenzas estilo vikingo, colas de caballo estilo vándalo, melenas cuidadas y sedosas que se dejaban mecer por el viento, melenas sucias y desaliñadas que chorreaban grasa sobre el cuello, melenas rubias o negras, castañas o pelirrojas, paseándose por las calles cuales pendones de un nuevo advenimiento de la raza humana. Pronto cundió la voz de alarma: ¡Hay hippies en Sevilla! Y alguien hizo un chiste fácil que corrió de boca en boca: “¿A qué te dedicas?, pregunta uno. Me cuido el pelo, contesta el hippie”. Se les veía vagar en grupos, como nuevos sansones tísicos, arrastrando los pies por el parque de María Luisa, el barrio de Santa Cruz, las escalinatas del Archivo de Indias, los jardines de Murillo y de las Delicias… Eran los “hippies del parque” o “los grifotas de jardines”, pacíficos en general y hasta cierto punto inofensivos, lo cual, a decir de la prensa, les hacía aún más peligrosos. Fali pronto fue uno más entre ellos. Como siempre, fue uno de los primeros».

