COLECTIVO BRUXISTA



 

Carampangue 392
Camila Gaibur




Estamos en Valparaíso, a finales de los noventa. En un barrio pobre del puerto, Charly crece entre tres mujeres: su madre, que sueña con escapar a Santiago; su abuela Lila, que sapea al vecindario mientras reparte sentencias como quien reparte naipes; y la puta, la vecina más vieja del barrio, postrada en una cama con sus fotografías y secretos. Entre misas y cigarros a escondidas, los primeros amores y la sangre de la primera regla, Charly aprende a leer el mundo con la lengua afilada de su abuela y empieza a tirar del hilo de una historia que nadie quiere contarle: la de un burdel, la de una cueva con tres muertas y la de una mujer que no es lo que aparenta.

Carampangue 392 es una novela de iniciación, oralidad chilena en estado puro, donde el humor más negro convive con la ternura y lo macabro asoma bajo lo cotidiano. Camila Gaibur levanta el Valparaíso popular —sus cerros, sus ascensores, sus muertos— a través de una voz de niña que no pide permiso mientras traza una genealogía de mujeres al margen. Una historia donde se cruzan la clase y el deseo; sobre lo que se transmite de mujer a mujer y lo que se entierra, para siempre, frente al mar.





  1. PVP: 18,50 €
  2. Precio sin IVA: 17,90 €
  3. ISBN: 979-13-991048-5-1
  4. Género: Novela, Narrativa latinoamericana
  5. Tamaño: 13,5 x 21 cm
  6. Número de páginas: 148
  7. Puesta a la venta: 19  de octubre de 2026
Camila Amal Gaibur Collao (Valparaíso, 1988) es profesora de inglés y tiene una facilidad innata para inventar historias. Bajo el seudónimo de Mestizorras publicó, junto a Marta Fornés, la novela Taller de chapa y pintura (Barrett). También es autora de la mininovela noir Devil Got My Woman (Proyecto Estefanía).


*📮 Correos gratuito  · ⚡ GLS: 4 €

Una infancia en los cerros de Valparaíso, contada con la lengua más afilada del puerto.



En un barrio pobre del puerto, una niña crece entre tres mujeres: una madre que sueña con irse a Santiago, una abuela que lo sabe todo del vecindario y una vieja postrada a la que todos llaman la puta. Entre el mate y la misa, los cigarros a escondidas y los primeros amores, Charly va heredando un idioma —el voseo, la mala leche, el humor que se ríe de la muerte— y, con él, una historia de mujeres que nadie le ha contado: la de un burdel, la de una cueva con tres mujeres muertas y la de una mujer que no es lo que aparenta.




«Mi abuela nunca me llevó a la plaza de pequeña, tampoco me leía cuentos ni me trenzaba el pelo por las noches; ella me daba dinero a escondidas, doscientos, quinientos pesos, fueran los que fueran lo hacía siempre lejos de los ojos de mi mamá, a escondías, pa’ callao’. Tampoco me dejaba llamarla abuela: la llamaba Lila, al igual que el resto de los mortales. Por las tardes se sentaba frente a la ventana del salón a sapear a los vecinos; no se movía una ficha sin que ella lo supiera. Metía su nariz de cotorra entre el visillo y comenzaba: mira la Susan, qué gorda y fea está, y el Daniel ese que se le nota la pluma, otro que no se va a casar por cola. Solo se callaba para cebar el mate, un ritual sagrado que merecía toda la concentración y el respeto posibles. Agua hirviendo, bombilla quieta y aspirar hasta que las arrugas de sus labios se transformaran en canales: si no sonaba, no lo hacías bien».
«Te parecí tanto a ella, eri’ igual, me dijo un día la puta. Estábamos sentadas en la puerta de su casa, ella bebiendo mate y yo contando cada una de sus arrugas, tratando de estirar toda la piel de su rostro hasta ver a esa mujer de las fotos. A medida que estiraba y estiraba, su cara iba apareciendo tersa, como un lienzo nuevo listo para ser pintado. Cuando su nueva piel le cubrió todo el rostro, la casa también había cambiado: ahora estaba llena de vida, luminosa, con el papel mural nuevo. Todos los muebles gastados y tapados con sábanas recobraron vida. La puta se levantó sin problemas; su cintura de avispa era tan pronunciada como la anchura de sus caderas».