Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

La última obra de Yukio Mishima

La última obra de Yukio Mishima
25 noviembre, 2020 A. Saralegui
In Blog, Historia, Literatura

«Si cae o no otra bomba atómica no es cosa que me preocupe. Lo único que me importa es si gracias a eso la forma del mundo va a ser todavía un poco más bella.»

—Yukio Mishima

Dice Jon Savage al inicio de Teenage. La invención de la juventud (1875-1945) que la pregunta existencial planteada por la invención de la bomba de hidrógeno estuvo en la base de las manifestaciones más extremas de la cultura juvenil tras la II Guerra Mundial. Podemos suponer que esta afirmación es aún más válida en el caso de Japón, el único país que hasta la fecha ha experimentado el crimen sin precedentes que es el uso de armamento nuclear sobre población civil. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki (1945) abrieron la puerta a un panorama desolador: a Japón le tocó pagar su papel en la guerra con la pérdida inmediata de su independencia, la destrucción de sus ciudades y su territorio y una crisis económica salvaje. Más aún, la Constitución de 1946 impuso a Japón la renuncia a la guerra y la prohibición de poseer un ejército propio. Los futuros tratados de colaboración con los Estados Unidos remataron la jugada: el antiguo imperio del Sol naciente se había convertido en un estado títere regido por un emperador que había dejado de ser un dios viviente para convertirse en un mero peón. 

Cualquiera que haya visto «El tercer hombre» sabe, sin embargo, que los tiempos turbulentos suelen ser más interesantes que aquellos plácidos y tranquilos, que es mejor la Italia de los Borgia que la democracia suiza y sus relojes de cuco. Así, no todo fue gris en el Japón de posguerra: tras la derrota, un buen número de periodistas, políticos e intelectuales salieron de la cárcel o la clandestinidad; se terminó la censura, apareció una nueva generación de escritores, se fundaron periódicos y revistas literarias… La vida estudiantil resurgió con fuerza, los jóvenes tomaron las calles en protesta por los tratados con los EEUU. Algunos se radicalizaron, hubo atentados terroristas, disturbios y asesinatos. El sempiterno miedo a una revolución comunista copó la vida política japonesa durante los años 60. El mismo país que había permanecido cerrado a cualquier influencia extranjera hasta mediados del siglo XIX resurgía de entre las ruinas compartiendo inquietudes y problemas con el resto del mundo. Tiempos nuevos, tiempos salvajes. 

En medio de este maremágnum, hubo un acontecimiento que conmocionó especialmente a la sociedad japonesa. En 1970, un grupo de jóvenes ultranacionalistas conocidos como la Sociedad del Escudo secuestraron a un general de división de las Fuerzas de Autodefensa en un intento por iniciar un levantamiento militar que devolviese el poder al emperador. Esto puede antojarse como normal dentro de la lógica política del momento, de no ser porque al frente de ese grupo se encontraba uno de los escritores más célebres de la historia de Japón: Yukio Mishima. La cosa no quedó ahí. Mishima, que  había sido tres veces candidato al Nobel, dejó perplejo al mundo entero cuando, ante el fracaso del golpe, se suicidó mediante seppuku, el ritual de autoinmolación tradicional de los samuráis. 

I.

Yukio Mishima fue muchas cosas a lo largo de su vida. Como Rimbaud, fue otro, ya que nació con el nombre de Kimitake Hiraoka en 1925. No era, pese a lo que algunos han llegado a afirmar, de estirpe samurái: su madre descendía de una antigua familia de aristócratas venida a menos y su padre fue un burócrata con aspiraciones que nunca aceptó su vocación de escritor. Esta le llegó muy pronto a causa de una infancia poco común: su abuela lo tuvo literalmente secuestrado hasta los doce años, época en la que aprendió a refugiarse del mundo en la lectura de Wilde, Rilke o Tanizaki. Estudió en la Escuela de Nobles y allí participó de su club literario sorprendiendo a alumnos y maestros. Con doce años publicó sus primeros cuentos y poesías, en las que ya se intuyen algunas de las líneas maestras de su obra: la pureza de la infancia, un cierto erotismo homosexual y una fascinación morbosa por la muerte. Con dieciséis años, es nombrado director del club e invitado a participar en la revista Arte y cultura, en la que publica la novela Un bosque en plena floración ya bajo el seudónimo de Yukio Mishima. 

Mishima fue un autor especialmente prolijo. Hasta el momento de su graduación en 1944 publicó ocho novelas, tres ensayos y un libro de poesía. También entonces empezó a construir su figura pública formando parte de la «Escuela Romántica» japonesa, una corriente cuyos autores se declaraban opuestos al marxismo y la modernidad y profesaban una especial veneración por la muerte. Defendían que «la tradición, producto de más de tres mil años de cultura, es la única causa por la que el pueblo puede morir». 

II.

Llegó la guerra y mandó a parar. A pesar de librarse del reclutamiento por su condición de estudiante universitario y su lamentable condición física, el conflicto —o más bien su fin— puso freno a su carrera literaria. La rendición de Hirohito supuso la liberación de un gran número de escritores de izquierdas que monopolizaron el panorama cultural de la capital durante los años siguientes. Durante los últimos años de la guerra, la censura había llegado a tal punto que todo aquello que no fuese un panfleto no era publicado. En este sentido, y a pesar la complicada situación social —un país destrozado, con una inflación sin precedentes y en el que se hicieron comunes las muertes por inanición y la imagen de mutilados de guerra tirados por las calles—, fue una época interesante para la literatura: en 1946 habían aparecido hasta sesenta revistas, había una actividad frenética y había surgido una nueva generación, la «Escuela de posguerra». 

Al contrario que Mishima, los autores de la «Escuela de posguerra» sí habían estado en el frente, habían experimentado el horror en primera persona y se hallaban vacunados frente a cualquier impulso romántico. Para ellos, la derrota no era un trauma, sino un punto de partida: 

Si volvemos la vista atrás, no hay duda de que el último año ha sido un annus mirabilis. Hemos visto el Infierno, hemos conocido el Cielo, hemos asistido al Juicio Final y el primer día de la creación, hemos presenciado la caída de los dioses y la creación ante nuestros ojos de los cielos y la tierra…»

 

(Masahito Ara, Second Youth, 1946)

 

Mishima no compartía ese optimismo. No es que la rendición le hubiese marcado de forma irreparable, como ocurrió con las más de 500 personas que se suicidaron tras escuchar al emperador renunciar a su divinidad y proclamar la rendición por la radio (15 de agosto de 1945); pero la extinción definitiva del mundo de su infancia le hizo afrontar la nueva era sumido en el desánimo. Además, la nueva ola de escritores trajo consigo nuevos gustos estéticos. Los antiguos románticos ya no suscitaban el menor interés o eran abiertamente denostados por su pasado antimarxista. La nueva era demandaba un nuevo estilo, lo social desplazó al intimismo desaforado de Mishima. Este no cejó en su empeño y, tras graduarse y obtener plaza en el Ministerio de Economía, siguió escribiendo incansablemente por las noches. La nueva situación no duró mucho: tras caerse a las vías del tren a causa del agotamiento cuando iba a trabajar, dimitió. Finalmente, obtuvo el permiso paterno para dedicarse por entero a la labor de escritor, pero a condición de convertirse en «el mejor del país».

III. 

La publicación, en 1949, de la obra autobiográfica Confesiones de una máscara supuso el punto de inflexión de su carrera literaria. Mishima pretendía encontrar el origen de su fascinación por la muerte, aunque lo que acabó encontrando fue su propia homosexualidad. Lo cierto es que, desde el año 46, Tokio había desarrollado una interesante vida nocturna a causa de la presencia norteamericana en la isla. El jazz había llegado a la ciudad y Mishima se aficionó a la música, al baile y a un incipiente ambiente gay. Al éxito literario le siguió la adaptación al cine de otra de sus obras en 1951, lo que le reportó fama y dinero. 

Conforme se convertía en una celebridad, el autor proclamado «la esperanza de 1950» empezó a dar rienda suelta a sus excentricidades. Mucho antes de autoinmolarse como paladín de la tradición, Mishima se comportó como un auténtico dandi, entendiendo siempre el término como el de ese «árbitro de la elegancia» que practica su privada disidencia a través de la ropa y las maneras. En un largo periplo en busca de «salud», alcanzó el éxtasis bailando samba con los lugareños en Río de Janeiro. En Grecia, halló la «cura» a su pesimismo y su condición de romántico irredento. En sus viajes, nunca escondió a sus amantes de miradas indiscretas. Comenzó a vestir camisas hawaianas, gafas de sol y corte de pelo a la americana. No era raro verlo en todas y cada una de las fiestas de Tokio bailando el Watusi como un descosido. Narcisista patológico, practicó natación, boxeo y culturismo hasta acabar convertido en un portento físico. Años más tarde, afirmó: «Quiero sentarme en unos muebles rococó, vestido con unos Levi’s y una camisa hawaiana; ese estilo de vida es mi ideal».

IV.

Ya se ha señalado lo convulso de los años que siguieron al final de la IIGM en Japón. En 1952, el país recuperó su independencia mediante la entrada en vigor del Tratado de San Francisco, que imponía duras sanciones económicas a modo de compensación, la renuncia a reclamaciones territoriales históricas y la cesión a EEUU de ciertos archipiélagos como las islas Ryukyu o las Senkaku. Ese mismo año, tuvo lugar la firma del Tratado de Seguridad y Cooperación Mutua entre Japón y los Estados Unidos, que autorizaba la presencia de tropas norteamericanas a cambio de la defensa del país. 

La renovación del Tratado de Seguridad fue el gran acontecimiento político de 1960. La izquierda se movilizó en masa para impedirlo y los choques en las calles se hicieron frecuentes. El 16 de junio, una manifestación se saldó con 1.000 heridos y una muerta. El Secretario de Prensa de la Casa Blanca, James Hagerty, fue rodeado en su coche por manifestantes y tuvo que ser evacuado en helicóptero. El día 18, cientos de miles de personas rodearon la casa del Primer Ministro, Nobusuke Kishi. Este no pudo asistir a la firma y el tratado se renovó automáticamente. 

Por aquel entonces, Mishima era ya una autoridad: había logrado un éxito sin precedentes con El rumor del oleaje (1954), había batido ese éxito con El pabellón de oro y Demasiada primavera (1956), se había consagrado como autor teatral con El salón del ciervo que llora, había pronunciado conferencias en EEUU e incluso protagonizado, en 1959, una película de gángsters titulada Tough Guy —acontecimiento que hizo las delicias de la prensa con titulares del tipo «Presume de pecho velludo» o «Mishima nos enseña el pelo que tiene en el pecho».  Nada, a finales de los 50, hacía sospechar el giro radical que acabaría dando el escritor —en un artículo publicado a raíz del affaire Kishi había dejado claro su absoluto nihilismo y su desprecio por «la turba» y el tumulto.

Pero, no sólo la izquierda había salido a la calle. La alianza con EEUU dio alas a una extrema derecha que había permanecido latente desde el final de la guerra. El 12 de octubre, el líder del Partido Socialista, Inejiro Asanuma, fue asesinado en el transcurso de una conferencia por un joven que se abalanzó sobre él espada en mano. Por las mismas fechas, tuvo lugar el intento de asesinato del presidente de la editorial Chuokoron tras publicar un relato de Shichiro Fukazawa en el que la familia imperial aparecía asesinada en el transcurso de una revolución. El propio Mishima, que mantenía una buena relación con el autor, llegó a ser amenazado y tuvo que recibir escolta. Paradójicamente, la extrema derecha resurgía en Japón al abrigo de la misma potencia que había desatado el holocausto nuclear en la isla años atrás.

V.

Resulta difícil establecer exactamente cuándo o por qué tuvo lugar el giro a la extrema derecha de Yukio Mishima. En 1961, publicó un cuento titulado Patriotismo que se inspiraba en la fallida rebelión de febrero del 36, durante la cual un grupo de oficiales había tratado de sublevarse para devolver al emperador el mando supremo de las fuerzas armadas. Hirohito se opuso, ordenó el fin de la revuelta y varios de los oficiales terminaron por hacerse el seppuku. El cuento no pretendía ser un panfleto, sino un relato de la «felicidad suprema» que, para Mishima, suponía morir por una causa. 

En esta devoción por la muerte, Mishima parecía haber encontrado la «esencia del espíritu japonés». En 1962, echó la culpa a la paz de su desazón vital: «Cuando imagino los trescientos años de paz Tokugawa y lo aburridos que tienen que haber sido, me parece mal como japonés quejarme de diecisiete míseros años (…) Pero hoy día, bushido est passé». La referencia al bushido, el código del guerrero samurái —introducido en España por otro gran «novio de la muerte» como fue Millán-Astray—, no es casual. Este proclama que el anhelo último del guerrero debe ser, por encima de todo, su propia muerte. 

Patriotismo fue llevada al cine bajo el título de El rito de amor y muerte. Se estrenó en París y supuso el reconocimiento de los cinéfilos de toda Europa. Por aquel entonces, su compromiso político ya resultaba más que evidente. En 1966 publicó un relato, La voz de los espíritus del héroe, en el que las almas de los soldados de la rebelión de febrero y de los pilotos kamikaze de la IIGM reprochaban al emperador su «traición» y la «decadencia espiritual de Japón», todo ello a través de una pregunta recurrente: «¿por qué se convirtió en un hombre el emperador?». A finales de año, ayudó a fundar la revista ultranacionalista Controversia y, en abril del 67, se alistó en las Fuerzas de Autodefensa, una especie de ejército a medias amparado por la Ley de Defensa Propia de 1954. En 1968, alistó también a los miembros de la revista con el nombre de «Guardia Nacional del Japón» y bajo la consigna: «juramos, como verdaderos hombres de Yamato, alzarnos espada en mano frente a cualquier amenaza a la cultura y la continuidad histórica de nuestra patria». A finales de año, refundó la milicia con el nombre de Tatenokai, «Sociedad del Escudo». 

VI.

Llegados a este punto, resulta muy tentador comparar el proyecto político de la Sociedad del Escudo con el de otros grupúsculos fascistas que brotaron por doquier en la Europa de antes y después de la guerra. Nada más lejos de la realidad. Mishima no fue un Mosley ni un León Degrelle, ni sus seguidores se escudaron en una suerte de romanticismo trasnochado para aplicar la bastonatura a los rivales políticos. Quizá el paralelismo más acertado sea el de Gabriele D’Annunzio, el autor decadentista, otro célebre dandi que tras la IGM tomó por la fuerza la ciudad de Fiume (Rijeka) para proclamar la música como pilar fundamental del Estado. 

La naturaleza del nacionalismo japonés es otra cuestión que aún hoy sigue suscitando controversias. El país había permanecido cerrado a cualquier influencia extranjera desde el siglo XVII. Cuando este aislamiento (sakoku) terminó, Japón  entró en la modernidad con paso de gigante. La centralización del poder puso fin al régimen feudal. Una vertiginosa industrialización obligó a la adopción de una política expansionista. A comienzos del siglo XX, la guerra con Rusia, la anexión de Corea y la participación en la I Guerra Mundial garantizaron al país un lugar prominente en el panorama internacional. La necesidad de materias primas puso el foco sobre China, cuya invasión en 1931 fue el antecedente directo a la entrada de Japón en la IIGM del lado alemán. 

El fuerte sentimiento nacionalista resultante de este proceso fue fruto de una peculiar combinación de elementos tradicionales que no parecen permitir hablar de un fascismo japonés como tal. Ambas ideologías compartieron lugares comunes, como la persecución del comunismo o el rechazo al individualismo, a la democracia y a la paz, si bien sus razones fueron muy distintas. A diferencia del fascismo, el nacionalismo japonés fue un movimiento con un fuerte componente agrario cuyos fundamentos eran esencialmente antimodernos. Nunca compartió con el nazismo ningún tipo de prejuicio racial, y su política expansionista participó de un panasianismo que se definió frente al colonialismo europeo. Tampoco pretendió ser un fenómeno revolucionario. Fue, en definitiva, un movimiento potenciado desde arriba desde finales del s. XIX, que sólo compartió con el fascismo ciertos rasgos estéticos —como las movilizaciones masivas— en los años inmediatamente anteriores a la guerra.

En virtud de la política expansionista japonesa, la educación se impregnó de ideología nacionalista. El código del bushido fue convertido en doctrina oficial. Se llevó a cabo una reforma religiosa para depurar el sintoísmo de cualquier influencia china y exaltar la figura del emperador hasta elevarlo a la condición de dios viviente —culto que fue declarado oficial en las escuelas desde 1890. También se impulsó una ideología «familiar», según la cual el emperador era el «padre» de todas las familias del país, y se promovieron ciertas sectas budistas que llegaron a identificar la extinción del deseo con una obediencia ciega a la figura imperial. Por último, Japón acabó definiendo su lugar en el mundo desde un punto de vista trascendente mediante la noción de kokutai, algo así como la «esencia nacional». Este concepto fue promocionado como doctrina oficial del Estado desde 1890 y reforzado en 1937 con una obra titulada Principios básicos de la política nacional que acabó siendo prohibida tras la guerra.

Partiendo de esta base, se comprende un poco mejor el despropósito político del Tatenokai. Desde su fundación, Mishima ejerció como único líder: encargó unos fastuosos uniformes, organizó desfiles y lo dotó de base teórica. Las exigencias para formar parte del grupo eran sencillas: respeto por el emperador, no pertenencia a ninguna organización política —siempre se mantuvieron al margen de los partidos— y una considerable fuerza física y moral. Desde 1968, Mishima escribió ensayos en los que exponía la ideología del grupo mediante la «prosa de la espada». Esta consistía, como refleja «La defensa de la cultura», en reconocer que la esencia de lo japonés era la cultura, que el emperador era el garante de esa cultura y que defender al emperador era defender las esencias del Japón. El texto fue muy criticado, y es posible que ni siquiera los acólitos de Mishima llegasen nunca a entenderlo. Partía, además, de un engaño, pues la figura del emperador-absoluto que defendía era una construcción del s. XIX, época que ellos mismos denostaban por considerarla como el origen de la decadencia. Un año más tarde, sus cadetes le pidieron que hiciese un resumen de la ideología del Tatenokai. El «Manifiesto contrarrevolucionario» contenía afirmaciones tan sorprendentes para una organización política como «la efectividad no nos preocupa» o «somos la encarnación de la belleza japonesa».

VII. 

La Sociedad del Escudo pretendía ser el último bastión en el caso de una revolución comunista. Con su muerte en defensa del emperador, harían resurgir las «fuerzas genuinas» de Japón que se encargarían de restaurar antiguas glorias. 1970 se antojaba como el año crítico, pues tocaba renovar el tratado con los EEUU. Mishima se había preparado para la acción, bien ejerciendo de reportero a pie de calle en el «día contra la guerra» de 1968 —que acabó con cientos de heridos y, de nuevo, la casa del primer ministro rodeada—, bien debatiendo a cara descubierta con los estudiantes del Frente Unido en mayo del 69 —debate al cual acudió sin escolta, que se extendió hasta las dos horas y media y que fue posteriormente publicado. Tras repartirse los derechos con los estudiantes, declaró: «supongo que emplearían el dinero en comprar cascos y cócteles Molotov. Yo compré uniformes de verano para la Sociedad del Escudo. Todos los interesados hemos quedado satisfechos». 

Ninguna de estas previsiones se cumplió. El día del desengaño fue el 21 de octubre del 69. Una protesta multitudinaria fue formidablemente reprimida por una fuerza de 15.000 policías. La revolución había sido finalmente esquivada. La Constitución democrática fue sancionada en la calle a base de palos y botes de gas. Sólo quedaba el golpe de Estado.

Ante esta perspectiva, se trazó un nuevo plan: llegado el momento, el Tatenokai secuestraría al jefe de división de la guarnición de Ichigaya y  obligaría a las Fuerzas de Autodefensa a levantarse, a abolir la Constitución y a devolver el poder absoluto al emperador. Durante los primeros meses de 1970, Mishima puso sus asuntos económicos y editoriales en orden, e incluso protagonizó una serie de fotos titulada «La muerte de un hombre» que anticipaba el fatal desenlace. El 14 de noviembre, reunió al grupo para redactar el panfleto «¿Qué es lo que nos ha llevado a esta ingrata acción?», en el que instaba a las tropas a «levantarse con nosotros, a morir con nosotros». La consigna era clara. 

El 25 de noviembre, Mishima y sus compañeros se dirigieron al cuartel uniformados, armados con katanas y con una cinta en la cabeza que rezaba «todas las vidas para la Patria» —misma consigna empleada por los kamikazes. Fueron en coche, cantando. A su llegada, entraron en el despacho del general y lo amordazan abriéndose paso a golpe de espada. A mediodía, convocaron a los soldados y Mishima se dirigió a ellos desde la terraza. 

Marx dijo que la historia solía repetirse dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. La farsa, en este caso, resultó ser un esperpento. A Mishima no se le oía, los soldados comenzaron a reírse de él y la llegada de varios helicópteros de la policía acabó por dar al traste con cualquier gloriosa escenificación. El discurso, que pretendía extenderse hasta la media hora, sobrepasó por poco los cinco minutos. Fracasado, Mishima entró de nuevo al despacho, se desabrochó la chaqueta, se puso de rodillas y se atravesó el vientre con un puñal. Inmediatamente, dos de sus ayudantes le cortaron la cabeza. Uno de ellos, Morita, se inmoló tras él.

La noticia corrió como la pólvora por todo el mundo entre el estupor y la incredulidad. Por la noche, cientos de estudiantes se concentraron en su casa vistiendo ropas tradicionales. El funeral fue todo un acontecimiento público. A Mishima se le incineró vistiendo el uniforme, con una espada, su pluma y algunos de sus manuscritos. La suya, a los cuarenta y cinco años de edad, fue la primera muerte por seppuku desde el fin de la II Guerra Mundial. La de Morita, a los veinticinco, la última. 

Yukio Mishima fue muchas cosas a lo largo de su vida. Ante todo, un ser paradójico, un príncipe de la contradicción. Vivió siempre al borde del escándalo, pero mantuvo una escrupulosa vida familiar. Conoció desde joven la literatura europea y dominó el teatro tradicional japonés con maestría. Fue un bon vivant que trabajó incansablemente y nunca incumplió un plazo de entrega. Una persona vitalista obsesionada con su propia muerte. Un narcisista patológico. Un dandi. Un hombre atormentado, en sus propias palabras, que nunca se dejó caer en ningún tipo de malditismo caduco. Un tipo hipersensible que escogió la más brutal de las muertes. El escritor japonés más universal de su tiempo y, aun así, alguien que acabó inmolándose por las esencias y la tradición. 

Queda por establecer el alcance político de la Sociedad del Escudo, si de verdad fue fruto de una devoción fanática al emperador, si fue un subproducto de una época liderado por un demente o si fue el último gesto estético de alguien que había decidido «hacer de su vida un poema». Posiblemente, haya un poco de las tres. Basten algunos datos como base sobre la que establecer conclusiones: Mishima fue, durante la mayor parte de sus días, un nihilista y un descreído. A pesar de ello, no dejó de buscar una verdad que diese sentido a su vida. En una etapa de incertidumbre política, encontró esa verdad en la tradición nacional. Por otra parte, su atávica obsesión por la muerte le llevó a identificar esta con la verdadera esencia de Japón. Al contrario de lo que suele ocurrir con la mayoría de fanáticos, fue la muerte la que determinó su proyecto político y no al revés. Las razones de su suicidio tampoco son unívocas. Tras más de treinta años escribiendo con éxito, Mishima quiso ser recordado «por la espada, no por la pluma». A pesar de esta afirmación, pasó los últimos cuatro años de su vida escribiendo su obra maestra, una monumental tetralogía titulada El mar de la fertilidad, cuyo último volumen terminó poco antes de morir. En última instancia, el suyo fue el suicidio privado con mayor dimensión pública del momento. La muerte de alguien que, en palabras de su hermano, «siempre quiso existir, pero no supo cómo».

 

*Artículo publicado originalmente en Bruxismo Nº4 (Abril 2019).