Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Influencias disolventes en la España de los Pantanos

Influencias disolventes en la España de los Pantanos
7 septiembre, 2020 Alejandro Alvarfer
In Blog

La España de los Pantanos y el año de los mods

1964 fue un año importante para el franquismo. Hacía veinticinco años del final de la Guerra Civil y la dictadura —que basaba su legitimidad exclusivamente en su victoria en el conflicto— se lanzó a una campaña sin precedentes para conmemorar lo que el propio régimen, en un alarde cinismo, denominó los “XXV Años de Paz”. Fue un año repleto de exposiciones, festivales, películas y obras literarias destinadas a celebrar al franquismo como garante de la paz. Después del Plan de Estabilización de 1959 y de que diese comienzo eso que luego dio en llamarse Desarrollismo, parte del régimen se dio cuenta de que era necesario cambiar el discurso para adaptarse a los nuevos tiempos. Por eso la Paz ―paz debida en exclusiva a los vencedores― sustituye a la Victoria mientras comienzan a llegar alemanes y suecas. Como consecuencia, España pasa a verse en el extranjero más como una anomalía pintoresca que como un estado fascista al que es necesario combatir. Al fin y al cabo habían llegado los sesenta, y con ellos la toma de conciencia de la suprema importancia del lenguaje.

Evidentemente, la intención del régimen no era otra que hacer suyo el archiconococido lema lampedusiano de “cambiarlo todo para que nada que cambie”. Por eso aquel supuesto aperturismo no tuvo ninguna traducción institucional, y mucho menos democrática. El franquismo quería seguir siendo franquismo. Se hablaba de paz, sonaba pop en la radio, se veían los primeros bikinis. Se torturaba a opositores en la Dirección General de Seguridad y el generalísimo inauguraba pantanos en el NODO.

Mientras tanto, en el extranjero las cosas comenzaban a ponerse interesantes. El mundo parecía sumido en una revolución generacional. Era la culminación de un proceso que había comenzado la década anterior en Estados Unidos ―“En Estados Unidos había jóvenes, en el resto del mundo, solo gente”, John Lennon dixit― para después contagiarse al resto de países del bloque occidental. Había llegado el momento de los teenagers. En todo el mundo parecía haberse dado la vuelta a la tortilla. Los adultos, creadores del Estado de Bienestar, no pueden comprender la arrogancia, el descaro y la violencia de aquellos jóvenes que no han conocido la guerra. En Francia los temidos bloison noirs dan paso a los yeyés, en Italia la efervescencia de su música pop amenaza con acabar con la rigidez de sus costumbres católicas, en Holanda tanto los nozem como los provos traen de cabeza a las autoridades, e incluso en Inglaterra, todavía símbolo de la mesura y la estabilidad, son incapaces de controlar a sus jóvenes, que se pasean por las calles de Londres formando grupos de teddy boys, beatniks, rockers y ―quizás los más extraños e inquietantes de todos― mods.

Porque 1964 también es el año de los mods. El año de las “batallas” de Clacton, Brighton y Margate. Esas escaramuzas hicieron que lo mod se incrustara en el imaginario colectivo occidental y pasara a la historia. Prácticamente toda la prensa internacional se hizo eco de los titulares de la prensa británica que hablaban de una “invasión” de gamberros en las hasta entonces tranquilas localidades costeras del sur. En los años siguientes, su presencia en la prensa internacional y la cultura popular será constante. En agosto de 1964, en el Vaticano, Pablo VI habla del “serio problema de los mods y de los rockers”. En 1965 el cantante beat italiano Ricky Shayne publica “Uno dei mods”, que retrata imaginativamente las batallas del año anterior, y en 1966 se estrena la delirante “La bataglia dei mods”, película que en teoría también estaba inspirada en los acontecimientos del sesenta y cuatro. En definitiva, lo mod había salido de los oscuros sótanos del Soho para cruzar el Canal de la Mancha y alcanzar el mainstream, aunque por el camino corriese el riesgo de perder todo rasgo original para convertirse en una de esas palabras huecas y hueras tan típicas del slang de la década. “Mod: una onomatopeya de época”.

Pisaverdes y petimetres

Pero, ¿y en España? ¿Había alguien que hubiera escuchado hablar de aquella subcultura surgida en lo más profundo de Londres? Se suele pensar que no, que casi nadie, en ese país cerrado sobre sí mismo, sabía de qué iba aquella historia. Por eso ha resultado tan chocante bucear en la hemeroteca de esos años y encontrar tantas referencias sobre aquellos jóvenes acelerados.

Porque en la España de Franco sí se sabía de la existencia de los mods, un “híbrido entre varón y hembra”, que se distingue “por sus modales de petimetre. Vive pendiente del guardarropa y gasta todos sus recursos en sastrería”.

En una fecha tan temprana como agosto de 1963 ―un año antes de los sucesos de Brighton― el corresponsal en Londres para el ABC, Alfonso Barra, les dedicaba un artículo con el profético título de “Guerra Fría en la juventud inglesa”, en el que analiza la rivalidad entre las dos nuevas facciones de la “mocedad” [sic] londinense: los rockers y los mods. Además de la clarividencia del artículo en lo referente a la “guerra” contra los rockers, sorprende el grado de detalle que da sobre un fenómeno que todavía no era masivo. Relaciona a los mods con los teddy boys y fija el origen de la subcultura en 1958. Además, da detalles precisos sobre su forma de vestir: [El botón superior de la americana] está tan alto que puede juguetear con la nuez del usuario de la prenda. […] Las camisas describen tonalidades eléctricas, y los pantalones ceñidos permiten a los huesos de las caderas revelar toda su orografía. […] Prenda favorecida por la elegancia del “mods” [sic] es el calcetín a base de diseños abstractos y siempre visibles, debido a un pantalón que termina un palmo por encima de los tobillos.

En cuanto a la música, dice el corresponsal que los mods consideran pasado de moda el twist y que optan por otro tipo de bailes trepidantes “pero con concesiones a la languidez” como el bluebeat y algo llamado “puppettwist. Además, deja constancia de que en Londres los “petimetres” son mayoría, mientras que los rockers o “péndulos”, como también los llama (qué lástima que no haya triunfado esta terminología), se encuentran en decadencia, situación que se invierte en las provincias alejadas de la capital.

Este artículo, escrito con el tono con el que un corresponsal victoriano describiría un nuevo animal descubierto en las profundidades de las selvas de Madhya Pradesh a una audiencia amodorrada, es la primera referencia a los mods en la prensa española, más acostumbrada a mirar a Francia o a Italia que a una Inglaterra que nunca había resultado del todo comprensible. Aunque no deja de ser el típico artículo de relleno veraniego, ilustra a la perfección la actitud que tendrá la prensa española hacia las primeras manifestaciones de la cultura juvenil que se comienzan a dar en los países occidentales. Hay asombro y censura ante lo que se perciben como muestras de decadencia, pero también una curiosidad evidente por lo que parece ser el nacimiento de un mundo nuevo. Pero, sobre todo, la sensación que transmiten los artículos que se ocupan de estos temas en los primeros años sesenta es de alivio, e incluso de algo parecido al regocijo: por lo menos aquellas cosas tan raras no pasaban aquí.

Ese enfoque se acentuó todavía más durante el año siguiente, en el que hay un verdadero aluvión de artículos en la prensa española con menciones a los mods, debido al shock que causó en la estable sociedad de posguerra europea sus peleas ―convenientemente exageradas por la prensa británica― con los rockers en las localidades costeras del sur de Inglaterra. La prensa española no se quedó atrás, y en la portada del propio ABC del 31 de marzo de 1964 podía leerse “Bandas de gamberros convierten en campo de batalla la ciudad costera de Clacton”. En las páginas interiores se describía como “energúmenos de los dos sexos” habían asaltado la ciudad, llegando a sugerir que serían necesarias tareas de reconstrucción. En el texto, firmado por un Alfonso Barra suponemos que maravillado ante su propia perspicacia, se insiste en utilizar los términos “petimetres” y “péndulos” y se ahonda en el enfoque de la decadencia civilizatoria: “Hay una infección moral que afecta a varios sectores de la juventud inglesa […].Clacton marca ahora el apogeo de la marea de gamberrismo”.

Pero la marea siguió subiendo durante toda la primavera y los artículos se sucedieron, llenos de lamentaciones por la violencia de aquellos gamberros. Energúmenos, pisaverdes, petimetres y péndulos tuvieron que tener bastante entretenidos a los lectores del ABC durante aquellos días, a los que nos imaginamos conversando sobre aquellos “pequeños salvajes, de largos cabellos y mentes desequilibradas” a la hora del aperitivo. Pero no fue en el ABC, sino en La Vanguardia, donde se publicó uno de los textos más interesantes sobre el fenómeno, no solo porque aportaba información sobre los mods nunca publicada antes en la prensa nacional, sino por lo que revela sobre cómo se estaba dirigiendo todo aquello en el bastión del nacionalcatolicismo. El artículo, firmado por el corresponsal Carlos Trías y publicado tras las peleas de Brighton, no tiene desperdicio:

Los ‘mods’ a uno le parece que se atavían bastante normalmente (dentro de la moda ‘juvenil’ al uso) y circulan en vespa. Se dice que los mods son más refinados que los rockers, en el sentido de que los primeros han prescindido de la cazadora de cuero, lo cual supone ciertamente un adelanto. Sobre todo son de Londres, donde por la noche se concentran en el Soho y donde se les puede contemplar hasta la saciedad cuando a uno le toca la sufrida tarea de hacer de acompañante para el turista que quiere conocer la vida nocturna londinense. […] También se les caracteriza porque toman unas píldoras con el nombre de ‘corazón de púrpura’. La verdad es que esa droga no es más que la vulgar simpatina, esa droga que tanta gente normal ha tomado antes de unos exámenes. Lo malo es que aquí las emplean para poder divertirse, y en grandes cantidades. […] Además de malo, puede parecer muy extraño”.

Esta será la tónica durante el resto del año. Las peleas en las playas mantuvieron vivo el interés por el fenómeno y los artículos dan pie a los reportajes cada vez más detallados. El primero se publica en el semanario ilustrado Blanco y Negro el 11 de julio. Se trata de un reportaje fotográfico sobre Carnaby Street titulado “Elegancia 1964” en el que se define a los mods como “jóvenes ‘elegantes’ […] que en su afán de originalidad acaban, como se ve, uniformados”. El reportaje incluye unas fotos estupendas y a página completa en la que se ve a jóvenes mods comprando ropa en las tiendas de la calle que hicieron famosa. Las imágenes, que todavía hoy siguen resultando cautivadoras, vienen acompañadas por breves textos en los que se habla de su forma de vestir, de las numerosas tiendas de ropa que han abierto en torno a Carnaby St. e incluso del comerciante John Stephen, hoy casi olvidado, pero fundamental para comprender el auge del Swinging London.

Otro reportaje interesante es el que dedicó la revista Triunfo en el verano de 1964 a las peleas en las playas de la primavera anterior. Cuando calienta el sol. Rockers & Mods en pie de guerra, incluye las primeras fotos sobre los disturbios que pudieron verse por aquí, y no resulta difícil imaginar la impresión que pudieron causar a su público, en general joven y “de izquierdas”. Las fotos incluyen un texto bastante informado en el que se utiliza el materialismo histórico para tratar de analizar la atracción por la violencia de una juventud “desquiciada, desorientada, viviendo en unas condiciones insuficientes o pasando de golpe a una prosperidad más o menos artificialmente creada”.

 

Influencias disolventes

Parece fuera de toda duda que a España sí llegó la suficiente información sobre el fenómeno mod como para poder hacerse una idea relativamente fundada sobre aquello: jóvenes elegantes con un gusto exagerado por la ropa que solían reunirse en el Soho, amantes de las anfetaminas y la gresca. No difiere mucho del tópico que la película Quadrophenia convertiría en universal unos años más tarde. Por eso, tras leer todos estos textos que muestran cómo era percibida aquella manifestación cultural desde distintos sectores del régimen, una pregunta surge de manera inevitable: ¿hubo algún mod en aquella España de botijo y misa dominical?

Obviamente, se trata de una pregunta imposible de responder. Solo sabemos que de haber alguien influenciado realmente por aquello que estaba pasando al otro lado del Canal, su número tuvo que ser minúsculo y su influencia mínima. La mayoría de la juventud de aquella época tenía problemas mucho más serios que la ropa que ponerse y no solía leer ni el ABC ni La Vanguardia. No es difícil imaginar, que ―al igual que pasó con la moda yeyé y los conjuntos pop― de haber alguien que hubiera querido trasladar aquello al contexto español de la época, tendría que pertenecer casi con seguridad a las clases acomodadas. De existir, ese mod patrio sesentero desapareció prácticamente sin dejar rastro. Y decimos prácticamente, porque en una carta al director del ABC publicada el 22 de octubre de 1964 podía leerse:

“[…] hemos visto a más de un petimetre, con ribetes de elegante y gomoso ―muy lejos de lograrlo― imitar en su atuendo y amaneramientos a los excéntricos y chocantes ‘mods’ ese compuesto híbrido de mujer y de varón. En suma, disfrazados sin carnaval.

Hemos de evitar, contra viento y marea, esos signos de corruptela de nuestras más puras costumbres, que nos hacen diferentes. […] Hemos de cerrar, entre todos pero con más empuje y decisión, a nuestros queridos jóvenes, conscientes y amantes de nuestras más caras tradiciones, las compuertas de esas riadas de corrientes turbulentas y de influencias disolventes”.

Influencias disolventes en el año que el franquismo eligió para cambiarlo todo sin que nada cambiara. Cuando algunos jóvenes soñaban con los coloridos escaparates de Carnaby St. mientras el régimen inauguraba pantanos.

Que estas palabras sean nuestro homenaje.