Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Mods. ¿Un fenómeno muy británico?

Mods. ¿Un fenómeno muy británico?
27 mayo, 2020 Dani Llabres
In Blog, Subculturas

 

Soul afroamericano, motocicletas italianas, peinados franceses, ska jamaicano, boogaloo nuyorriqueño, Ivy League yanqui… ¿De verdad que podemos afirmar sin despeinarnos que lo mod es un estilo muy británico? ¡Bisturí!

12 de agosto de 2012 – Londres – Ceremonia de Clausura de los Juegos Olímpicos.  Con el guitarreo inicial de ‘Pinball Wizard’ medio centenar de mods en scooters saltan a la arena del Estadio Olímpico. Vespas y Lambrettas en barroca decoración. Cargadas de faros y retrovisores. De banderines y cromados. Con exagerados respaldos y ruedas de repuesto enfundadas en leopardo. El casting debió ser de lo más divertido (“¿Sólo diez faros? ¡El siguiente!”). La Union Jack en pantalla grande. La Union Jack sobre la arena. Un tipo con una chaqueta de la Union Jack conduciendo una de las motocicletas. Igual que el bajista de The Who en la portada de My Generation. The Who, el primer grupo mod. ‘My Generation’, el primer himno mod. La actuación que clausura la ceremonia de clausura no es otra que The Who interpretando ‘My Generation’. Lo mod como una joya más de la corona musical británica. Como Bowie, los Beatles o los Kinks. Tan brit como el té de las cinco o Su Graciosa Majestad.

¡Stop! Viajemos un poco más en el tiempo sin movernos de Londres. Hasta aquellos primeros años de la década de los sesenta que vieron nacer a los mods. Por aquel entonces una subcultura en ciernes que surgía de espaldas a Inglaterra. Ninguneando lo autóctono por aburrido y mirando con ojos golosos más allá de sus fronteras. Idolatrando lo que iba llegando con cuentagotas del Continente y los USA.

El mod del 62, que la revista Town presentó en sociedad, fue el resultado del más absoluto sincretismo. Eclecticismo en estado puro. Una fusión de distintas filias, tendencias y subculturas que dio a luz una nueva criatura. Si bien entre los antecesores más evidentes del mod estuvieron los modernistas no debemos olvidar que hubo dos grupúsculos diferentes que, separados por una década, respondían al mismo nombre.

Modernistas se hacían llamar los fanáticos londinenses del jazz moderno. Aquellos que, entre 1948 y 1950, tuvieron su cuartel general en el Club Eleven, inicialmente ubicado en el 41 de Great Windmill (donde luego estaría The Scene, el club mod par excellence) y después en el 50 de Carnaby Street (donde más tarde se localizaría el Roaring 20’s, otro de los clubes del Soho con abundante clientela mod). Modernistas que imitaban la estética de sus ídolos. Los trajes zoot de Charlie Parker, la boina de Dizzy Gillespie, las corbatas pintadas a mano de Thelonious Monk y, desde finales de los cincuenta, ese Ivy League que tenía en Miles Davis a su más arrogante valedor. La liga de la hiedra, la conferencia deportiva de las elitistas universidades del nordeste de los USA. El Ivy League look, un armario repleto de camisas Oxford con el cuello abotonado, corbatas de punto, americanas de madrás o seersucker, pantalones chinos y mocasines Weejuns. Un estilo que vía los modernistas adoptaron los mods, al igual que su pasión por el modern jazz. Un mod jazz donde el hard bop acababa de abdicar en favor del soul jazz. Un soul jazz tan lleno de góspel y de groove. Tan profundamente negro y norteamericano…

En cuanto a los otros modernistas que tuvo Londres fueron estos los adoradores paganos del look continental. Aquel que aterrizó en las islas británicas durante la segunda mitad de los cincuenta. Trajes entallados en colores imposibles, telas innovadoras e imaginativos diseños. Camisetas matelot y peinados à la française. Chavales obsesionados con fare la bella figura que se pavoneaban en largas passeggiatas por las calles de Stamford Hill. Un estilo en el vestir que, ahondando en lo foráneo, tuvo como introductor en UK al lituano Cecil Gee. Una idolatría por el glamour del otro lado del Canal que abarcaba sus ciclistas, sus cappuccinos, sus cigarrillos y, por supuesto, su cine (la nouvelle vague, Mastroianni, Belmondo…).

Una debilidad por lo francoitaliano que fue heredada por los mods y estuvo muy presente en sus cortes de pelo (el french crew, el new french line o ese french crop que, a su vez, estaba inspirado en el imperial y romano caesar cut) y, cómo no, en sus medios de locomoción (la Vespa de Pontedera y la Lambretta milanesa). Los mods y las scooters italianas compartían modernidad, elegancia y personalidad por lo que estaban llamados a amarse por toda la eternidad. Imposible imaginar mejores corceles para aquellos teenagers que soñaban con expresos en via Veneto, con trajes confeccionados por Brioni y con la dolce vita de il dolce far niente.

Pero regresemos a la música, y a finales de los cincuenta. A ese momento, anterior a los mod clubs, en el que reinaban los dance halls. Teatros centenarios reciclados en opulentos salones de baile donde la chavalería desgastaba suela a ritmo de rock and roll, pop y R&B. Esta última, la primera gran música mod. Ritmo y blues. Rhythm and blues. Blues uptempo, eléctrico y urbano. De nuevo, profundamente negro y norteamericano. Al igual que el género al que dio lugar y que también abrazaron los mods, el soul. Música del alma disparada desde Chicago, Memphis y Detroit. Desde OKeh, Stax y Motown. 100% USA. Como el boogaloo. Bugalú, shing-a-ling, latin soul… La música de El Barrio, del Spanish Harlem, de los adolescentes latinos y neoyorquinos de la segunda mitad de los sesenta.

Sin embargo, no todos los ritmos idolatrados por los mods llegaron de los EE. UU. Imposible obviar el festivo y sincopado bluebeat. Un género que solo tenía de inglés el nombre y no era otra cosa que ska. Una mezcla de influencias caribeñas y norteamericanas que viajó a Londres con la diáspora jamaicana, al igual que los sound systems, el ackee and saltfish y el rude boy style.

Hasta la filosofía que impregnaba lo mod como subcultura vino de allende sus confines. El existencialismo que clamaba en favor de la acción, del realizarse viviendo y del ser lo que quisiéramos con independencia de nuestros orígenes, raza o condiciones sociales era oriundo de Francia (Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Simone de Beauvoir) y de Alemania (Martin Heidegger, Friedrich Nietzsche, Hermann Hesse). Y lo mismo puede decirse de otros iconos que, habitualmente, se han adscrito a la mod thing como la parka (un chaquetón del ejército de los Estados Unidos confeccionado para la Guerra de Corea), los Hush Puppies (propiedad de la cía. de calzado Wolverine de Michigan), los Levi’s (los vaqueros de San Francisco que ideó un inmigrante letón y patentó con un inmigrante bávaro) o esa pièce de résistance que es el tonik (el glorioso moaré de la marca francesa Dormeuil). Incluso marcas tan british como Fred Perry o Clarks podrían, so pena de herejía, ponerse en tela de juicio. Más que nada porque los polos Fred Perry fusilaron los Lacoste y las desert boots de Clarks copiaron las botas que los oficiales británicos compraban en el bazar egipcio de Khan el-Khalili. Hasta la icónica chaqueta Baracuta G9, que llevaba produciéndose en Manchester desde los años 30, solo tuvo la atención de los mods cuando apareció en el serial televisivo estadounidense Peyton Place (para más inri su nombre coloquial, Harrington, proviene de uno de los personajes de la serie). Y así, suma y sigue.

Entonces, ¿cómo esa amalgama multinacional llamada mod acabó siendo más brit que el cambio de guardia o los buses rojos de dos pisos? Posiblemente, The Who y su deriva pop art, que llenó de escarapelas de la RAF y Union Jacks el imaginario mod en su momento de mayor popularidad, tuvo bastante que ver. Una afición que sería retomada por el mod revival y que ha continuado con cada movimiento o subcultura inspirada en lo mod. Dianas y banderas en americanas, scooters, camisetas, parches, chapas, jerséis, portadas de discos, guitarras, logos… Del pop al chovinismo en una sola generación. “Cool Britannia, Britannia you are cool”.

¿Es por tanto lo mod una pompa de jabón, un bluf, un castillo de naipes? Ni de lejos. Ni de coña. Para nada. Lo mod es un totum revolutum de lo cool en el que convergen lo británico, lo norteamericano, lo afroamericano, lo italiano, lo francés, lo jamaicano, lo latino y más allá. Es la prueba palpable de que los ingleses cuentan con una habilidad especial para llevarse lo ajeno a su terreno y acabar apropiándoselo. Y no me refiero, precisamente, al departamento de antigüedades egipcias del Museo Británico sino a que los ingleses son como esos cantantes que convierten cualquier versión en una canción propia. Lo mod y aledaños están llenos de ejemplos. El mod suit, el traje mod, fue el resultado de pasar el stile italiano por la tradición sartorial británica. La adoración que la juventud inglesa de los sesenta (donde lo mod era moda principal) tenía por el ritmo y el blues supuso la aparición de un nuevo estilo, el british blues, y la devoción de los mods por el soul creó una nueva subcultura, el northern soul. Por no hablar de cómo el jazz moderno acabó derivando en acid jazz en la década de los ochenta (un estilo cuya discográfica homónima fue fundada a pachas por un mod y un soul boy). La euforia mod convirtió a UK en el segundo mercado mundial de la Vespa, solo por detrás de Italia, y la afición de los mods por darle al acelerador supuso que Innocenti acabara fabricando su primera Lambretta de 200 c.c. En conclusión, nadie como los britons para preservar las tradiciones, ni para combinar la flema con la obsesión. Nadie como ellos para ejercer de guardia pretoriana de los clásicos y de reserva espiritual de algunas de esas pequeñas cosas por las que vale la pena apasionarse de por vida.

Epílogo. Tal vez, en estos tiempos, a ratos oscuros, donde tantos se empecinan en buscar lo que nos separa en vez de lo que nos une deberíamos recordar que muchas de las mejores cosas de este mundo cruel son fruto del mestizaje o se originaron lejos de nuestro hogar. Sin duda, he ahí uno de los secretos de la eterna juventud de lo mod, que las cosas con estilo no entienden de fronteras.