Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Popcorn, el northern soul belga que se bailaba despacio

Popcorn, el northern soul belga que se bailaba despacio
13 marzo, 2020 Alejandro Alvarfer
In Blog, Música, Subculturas

A los belgas les encanta bailar, aunque siempre han preferido bailar despacio.


Pese a su pequeño tamaño, Bélgica ha sido una de las mecas de la moderna música de baile desde sus inicios. Ha exportado sonidos y dj’s a todo el mundo. Muchos de los clubes y festivales más influyentes de música electrónica han nacido dentro de sus fronteras. Fue en Bélgica donde géneros como el house o el techno tuvieron sus primeros éxitos comerciales. La escena belga siempre ha sido enérgica e influyente. Y si algo la ha caracterizado, además de su sensualidad y eclectismo, es el amor por los ritmos pausados. Como le dijo el dj de new beat al periodista Mathew Collin “en Bélgica, si vas más rápido, no bailan”.


El origen de este amor por el baile lánguido se encuentra en Vrasene, un pueblo de 4000 habitantes situado cerca de Amberes, en el corazón flamenco de Bélgica. El corazón, también, de la escena popcorn, el northern soul belga: rhythm & blues, soul, bossanova y boogaloo a velocidad reducida. Revoluciones bajas, cerveza derramada en una pista de madera sobre la que se deslizan despacio los bailarines, marcando el ritmo de canciones que, reproducidas a esa velocidad, parecen empaparse de una oscuridad embriagadora y profunda.


Allí, desde 1969, en una granja perdida en mitad del campo y reconvertida en garito llamada De Oude Hoeve (La vieja granja) las tardes de domingo se dedican a la música negra. Su dj residente, Gilbert Govaert, pincha sobre todo soul y funk de la época. Sus sesiones tienen un éxito descomunal, cada vez más gente acude a la granja rodeada de campos de maíz para bailar, emborracharse y aferrarse a otros cuerpos. Se baila encima de las barras, en el parking, sobre los coches. La enorme afluencia ―se habla de más de 3000 personas cada domingo― hace que en 1971 el dueño del club deje los mandos a Govaert, que decide cambiarle el nombre; a partir de ahora se llamará Popcorn en honor al hit de James Brown de 1968 Mother Popcorn, la primera canción pinchada en el club.


El cambio no se limita al nombre. La música también cambia. Se hace más lenta. Tanto Gilbert Govaert como Gerry Franken ―el otro dj del Popcorn― deciden bajar las revoluciones de los temas y el público responde entusiasmado. Esa música a esa velocidad genera una atmósfera decadente y sensual, un ambiente caldeado, como de prostíbulo de la Belle Époque; pero con botellines de Tuborg, cuerpos entrelazados en bailes que recuerdan al jive de Cab Calloway y gente que jalea los temas conocidos subiéndose a las mesas, quitándose la ropa. Nothern soul sin dexedrina: borrachuzo y corpóreo.


La fiebre del popcorn se contagia a todo el país. Pronto no hay una sola ciudad ―un solo pueblo― que no tenga su propio club. En verano, toda la escena se muda a Ostende, donde el Groove toma el testigo del Popcorn. Allí, el dj y propietario Freddy Cousaert ampliará todavía más los límites musicales del espectro pinchando ska, antiguos tangos, canciones melódicas italianas, números musicales de Broadway o ejemplos del muro de sonido de Phil Spector; singles siempre reproducidos a la velocidad adecuada, más cerca de las 33 que de las 45 revoluciones por minuto. A diferencia de las escenas británicas, tan obsesionada con la pureza, aquí se celebra la impureza como la mejor de las virtudes. En el Versalles, otro club de Ostende con acceso a la playa, las parejas comparten botellas de ron mientras bailan despacio una canción de cha cha chá, antes de bañarse desnudas en el mar del Norte. Nadie se resiste al encanto decadente del popcorn.


Surgen tiendas de discos de importación por toda Bélgica, manos nerviosas en busca del single más oscuro que pinchar el fin de semana. Se graban bootlegs para satisfacer la demanda. Los dj’s cubren las galletas de sus singles para que nadie pueda ver el tema que están pinchando. Para mediados de los setenta, el popcorn, ya es un fenómeno nacional. Las grandes discográficas sacan recopilatorios, artistas locales graban temas bajo la etiqueta popcorn y hasta Marvin Gaye se muda a Ostende, donde vivirá 18 meses en los primeros ochenta.


A lo largo de esta década la subcultura irá decayendo poco a poco tras haber coqueteado con el mainstream. Volverá a las catacumbas donde tan bien suenan sus canciones oscuras, donde siguen sonando a día de hoy.
La irrupción de la música electrónica terminará de desplazarla por completo.


A finales de los ochenta, los ojos se volvieron hacia el Bocaccio, en Gante, donde triunfaba el new beat. Sus dj’s pinchaban singles de Electronic Body Music a 33 revoluciones. A la gente le encantaba el nuevo sonido. De una oscuridad embriagadora. Había nacido la escena belga de música electrónica.


Y se bailaba a cámara lenta.

https://vimeo.com/24079101