Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Anarquismo, punk y estéticas

Anarquismo, punk y estéticas
16 marzo, 2020 Pepe del Amo
In Blog, Historia

No podemos saber qué sentirían más allá del miedo sosegado por el calor de sus compañeros al verse junto a otros tres mil presos en el antiguo castillo de Montjuic. Quizá la rabia, esa mezcla de odio y frustración, ensombreciese el temor por perder sus vidas, y por las que les esperaban fuera entre la duda y la aprehensión por saber cómo estaban. Pero casi seguro, como los otros detenidos meses antes en la huelga, que ninguno pudo intuir lo que pasaría después. Tampoco lo supo, aunque sí lo deseara, Robert Owen ―de quien Engels, en 1880, dijo que «todos los movimientos sociales, todos los progresos reales registrados en Inglaterra en interés de la clase trabajadora van asociados a su nombre»― cuando proclamó su famoso lema «8 hours labor, 8 hours recreation, 8 hours rest».

La jornada laboral de 8 horas diarias, y 48 semanales, ya había sido ratificada por el gobierno bolchevique dos años antes de que estallase la Huelga de la Canadiense; pero este hito, al margen de su victoria legal, supuso el reconocimiento de un sindicalismo que reivindicaba la acción directa. A partir de entonces, los sindicatos obtuvieron un prestigio y relevancia que llegaba a superar a las demás organizaciones de clase: algo que inspiró el corpus teórico del anarcosindicalismo. Sucedió en la Barcelona anarquista que aun hoy prevalece en movimientos asamblearios y en los centros de trabajo ―un derecho conquistado cada vez más mermado por las reformas laborales del neoliberalismo―. La CNT contaba con 845.000 trabajadores afiliados en toda España y con el impulso que significó que la huelga a la empresa «Riesgos y fuerza del Ebro», propiedad de un banco comercial canadiense de Toronto ―de ahí su nombre―, se expandiese por toda Cataluña en forma de huelga general. Gracias a la hemeroteca de aquella gesta, podemos saber cómo vestían los obreros anarquistas: chaleco y camisas abrochadas hasta arriba, pañuelos al cuello y sombreros o boinas. Uno de los máximos baluartes libertarios, Salvador Seguí, representaba a la perfección esa estética de hombre serio y elegante que cumplía con el anarcosindicalismo: sombrero de copa alta y ala recta, ligeramente inclinada hacia abajo por la parte delantera, abrigo de paño hasta las rodillas, manos en los bolsillos por fuera del traje. Así era el atuendo que los pistoleros trataban de imitar para infiltrarse entre los anarquistas en esa Barcelona convulsa de época. Estética y dogma: tanto importaba ser anarquista como parecerlo en semejanza con los tuyos.

La vestimenta, que no deja de ser una representación simbólica de las identidades colectivas, siempre ha sido un modo de exhibición del yo consciente, o inconsciente. Por ello, en tanto que se construye en base a lo político, está atravesado por el momento histórico, por las condiciones materiales. El sinsombrerismo comenzaba a generalizarse durante la República entre la izquierda y el anarquismo, como un símbolo de rechazo a la cultura burguesa; los petos de trabajador y las gorras rojas y negras ―rojo socialista, negro anarquista―, serán el uniforme de los próximos milicianos. En España, al estallido trágico de la guerra civil ante la rebelión franquista, el cuadro general de época había cambiado: los trajes formales que el propio Durruti había vestido pasaron a ser militares color caqui.

Era el verano del 36, don Luis, personaje de Fernán Gomez, le había prometido a su hijo comprarle su ansiada bicicleta hasta que la guerra lo interrumpió todo y en Barcelona no paraban de sucederse las colectivizaciones, tanto de la tierra como de la industria: la gente llegó a quemar billetes y monedas en las plazas celebrando que había llegado el comunismo libertario. Las palabras de Bakunin resonaban en las conciencias como un deseo cumplido: «es la protesta instintiva y apasionada del ser humano contra las estrecheces, las chaturas, los dolores y las vergüenzas de una existencia miserable. Contra esa enfermedad, he dicho, no hay más que un solo remedio: la revolución social». Todo parecía cumplirse, la conquista del horizonte utópico. Pero llegaron el frío y los estragos de meses de hambre y penurias, de ausencias sin remite y muertes confirmadas. La guerra se alargaba y, aun así, llegaba a casa Anselmo, un joven entusiasta cargado de pistolas y con pañuelo rojo y negro al cuello, para convencer a la familia de que se acababa la guerra ―«¿vosotros no compráis la CNT?»―. Por fin, el lema tan anhelado y gritado del «No pasarán» era real. A las barricadas suena de banda sonora en las calles, en sus esquinas, animando al frente: «aunque nos espere el dolor y la muerte/ contra el enemigo nos llama el deber». Meses después, el Ejército Popular Republicano absorbió a las milicias revolucionarias, militarizando el frente republicano y disolviendo las colectivizaciones agrarias de Aragón: el anarquismo español se negaba a integrarse en «el ejército de Stalin».

Buenaventura Durruti muere por una bala en el pecho ―todavía no se sabe si por parte de comunistas o fascistas, o por un compañero― en la defensa de Madrid, en plena Batalla de la Ciudad Universitaria. El parte mal escrito por Franco anuncia el fin de la guerra. El ejército rojo, «cautivo y desarmado», caía en las garras franquistas. 150.000 anarquistas muertos. 1 millón de presos y represaliados. Emma Goldman, pensadora anarquista y feminista ―revitalizada hoy día en el mundo editorial― muere en 1940 a los 70 años. El maquis anarquista resistiría hasta que la CNT renuncia a la lucha armada en 1953. Después, décadas de clandestinidad y silencio, represión. Algunos intentos de atentado o magnicidio: acción directa. Julio Camba, que había fundado junto a Kropotkin el diario El Rebelde ―de ideología libertaria―, se alinea con el régimen y pasa de escribir en 1927: «si la literatura puede enriquecerle a uno, es únicamente a condición de que uno abandone la literatura», a hacer las mejores crónicas de época sobre países extranjeros para la prensa del franquismo, e inspira a toda una generación de futuros columnistas, imitadores de Larra, que, actualmente, firman en los más vendidos periódicos al borde de parar sus rotativas. El franquismo arrasa con todo. En la sombrerería Brave de Montera número 6 reza el lema: «Los rojos no usaban sombrero».

El anarquismo siempre ha mantenido una guerra permanente contra su propio estigma: la violencia como fetiche más que como herramienta. Anarquía, anárquico, se entienden como sinónimos de caos, desconcierto. Sin embargo, ya desde sus inicios, ha intentado legitimar el uso de la acción directa en todas sus representaciones simbólicas. El ejemplo más claro es su propio emblema, una A dentro de una O más grande: las referencias al respecto no son muy claras, pero sí parecen coincidir con uno de los lemas más célebres de Proudhon ―y no la proclama de la «propiedad es un robo»―: «la anarquía es orden». Esta última relación dialéctica no sólo está presente en la tradición libertaria, pero han sido quienes más han apuntado en esta dirección ―por muy orwelliano que parezca eso de «la guerra es la paz», basado en las proclamas de Mao―: la contradicción orgánica que supone que el todo es lo mismo que la nada: si nadie ostenta el poder, será de todos; si no existe la propiedad, todo es común; «si dios entero puede alojarse en cada hombre, entonces cada hombre sería dios».

Otro principio básico (en general, tanto para el anarcoindividualismo como el anarcosindicalismo, así como para el comunismo libertario) es su rechazo frontal contra toda autoridad, venga de donde venga ―el Estado, el Amo, la Iglesia, la Propiedad, la Moral―. El propio Camus, desencantado con el comunismo soviético, escribe en la primera frase de El hombre rebelde: «¿Quién es un hombre rebelde? Un hombre que dice no». Eran tiempos donde el existencialismo se debatía entre los dos tótems de la intelectualidad francesa: Sartre y Camus, que habían sido compañeros en el Partido Comunista Francés, discutían sobre humanismo y nihilismo con libros cruzados ―La peste y La náusea―. El anarquismo siempre se inclinó por este último, el nihilismo, que proclama el sin sentido de la vida, por lo que no existe un deber supremo, un sentido de la ética al cual atenerse, a diferencia de los principios comunistas, más eticistas, que reivindican la acción colectiva encaminada a acabar con la Historia.

El nihilismo es una dolencia propia de la solemnidad, de las grandes cuestiones existenciales, que nos genera angustia, vacío. Pero, al mismo tiempo, puede convertirse en una forma de desahogo ante la propia ansiedad que genera. Así lo expresaba Eve Libertine, Joy de Vivre y el resto de la banda de Crass en los años 80, en la Inglaterra gris de Margaret Thatcher. Fueron, durante los siete años que duraron, el grupo anarcopunk protesta por excelencia y, como tal, sufrieron los estragos del neoliberalismo más precoz: tal fue el impacto de su canción How Does it Feel ―que preguntaba a la dama de Hierro cómo se sentía al levantarse tras matar miles de personas en la guerra de las Maldivas: «You´ve got to make such a noise to understand the silence», «How does it feel to be the mother of a thousand death? Young boys rest now, cold graves in cold earth»―, que llegó a la Cámara de los Comunes. Sufrieron un acoso enorme por parte de Thatcher, que todavía no había alcanzado su máxima victoria ―por debajo de, dicho con sus propias palabras, su mejor obra: Tony Blair―: ganar la huelga a los mineros del 84, que tan bien a descrito David Peace en GB84 y los Clash en English Civil War, una auténtica guerra civil con detenciones, heridos y asesinatos. Ese mismo año, 1984, en honor a la novela de George Orwell, los Crass dejaron el grupo dando su último concierto en apoyo a los mineros.

Años antes, The Clash tocaba por primera vez como teloneros de los Sex Pistols en Sheffield. La estética y cultura punk comenzaba a extenderse entre los jóvenes, y frente a la actitud desenfadada y nihilista de los Pistols, Joe Strummer y los suyos hacían canciones como Spanish Bombs, donde homenajeaban a Federico García Lorca y a los combatientes republicanos ―«The freedom fighters died upon the hill. The sang the red flag, they wore the black one»― chapurreando el castellano como en Should Stay or Should I go, titulaban a uno de sus discos Sandinista! o escribían uno de los himnos de la clase trabajadora inglesa: This is England. Sí, la canción, escrita en 1985, inspiró el título de la película ―estrenada en 2006― que reflejaba a los skinheads antifascistas de esa época: camisas abrochadas hasta arriba, tirantes visibles, vaqueros remangados por encima de las botas o zapatos estilo Dr. Martens, cabezas rapadas a lo Chelsea, pelo y patillas largas con dos dedos de flequillo. Polos Fred Perry, pendientes y chaquetas Harrington con bordado a rayas. Las Harrington, que habían sido uniforme de camioneros en los 50, comienzan a extenderse a partir de la década de los 60. Elvis Presley la había llevado años antes en la película King Creole. Pero nadie hacía sombra a James Dean en Rebel Without Case (Rebelde sin causa, en castellano) ―que casi es un homenaje a Escupiré sobre vuestra tumba, de Boris Vian, donde un chico afroamericano, al que nunca aceptaron los blancos de su barrio, carga toda su furia contra ellos, en lugar de contra locales y casas como el bueno de Jim―: sus gestos marcados, sus ojos a medio cerrar, los cuellos subidos de la chaqueta roja y su cigarro a medio caer de la comisura.

Toda esa cultura antifascista, tras el estallido del movimiento punk, sería inentendible sin el Oi!. Manifiestamente político, surge en pleno estallido de la autoorganización y okupación de edificios convertidos en centros de resistencia activa. Los Crass quizá fueron la precuela más valiosa de aquella corriente musical: eran uno de los pocos grupos punk que tenían como vocalista a una cantante, en un mundo de violencia masculinizada, y sus letras estaban cargadas de feminismo en contra de la represión sexual y a favor del pacifismo. Todas esas reivindicaciones nunca dejaron de estar presentes en el ideario anarquista; es más, fueron los primeros que pusieron el foco en cuestiones, tan presentes hoy, como el veganismo. Tolstoi, que fue aproximándose cada vez al anarcopacifismo, citado por Kropotkin, escribió en El primer paso: «el consumo (de carne) es simplemente inmoral, en la medida en que involucra la realización de un acto que va en contra de todo sentido moral: matar».

La distancia que pretendían marcar los skinheads frente al rechazo de la violencia propio del movimiento hippie, lo convierte en un fenómeno estrictamente europeo ―incluso antiamericano por el desclasamiento que reprochaban a los hippies estadounidenses de clase media― que más tarde fue difundiéndose a través del hooliganismo. Lo que, en un primer momento, estaba adherido inexorablemente a una cultura de la autodefensa y negación de la autoridad, comienza a desdibujarse en dos sentidos: ya en la propia Inglaterra de los años 70, surgen movimientos neonazis que tratan de apropiarse de su cultura estética y musical a través de la vestimenta y el Rock Against Communism; y, en segundo lugar, se produce un fenómeno habitual dentro de los movimientos emancipatorios: la transformación de sus símbolos en un producto de consumo de masas, la neutralización de la carga política a través de su transformación en mercancía. Rápidamente, ese extraño maridaje entre el anarquismo y el movimiento punk ―que abría una brecha generacional en el seno de las organizaciones libertarias―, comienza a alejarse de sus valores primigenios y, cada vez más, su cultura política se relaciona con la violencia inocua y con una especie de tribu urbana equiparable al resto de subculturas minoritarias. Resuenan, vagamente, antiguas voces. La anarquía es orden. En España, la Movida también se adueña de parte del decorado punk: pelos de colores y alborotados, crestas, maquillajes blancos y ropa negra, chupas de cuero, camisetas cortas, pantalones ajustados, collares y pulseras con pinchos; y lo transforma en un movimiento que en favor de la liberación sexual y el travestismo acaba en el hedonismo menos político con bases musicales poperas. Parafraseando a los clásicos, si todo es punk, nada lo es.

Hoy todo eso parece remoto, inalcanzable. En tiempos donde se ha declarado la muerte a las ideologías, las liturgias todavía prevalecen como viejas reliquias, nostalgias jamás vividas. Objetos de coleccionista. Estéticas sin esencia. Posmodernidad. Poco o nada prevalece de la Barcelona anarquista de los años 30. Apenas detritus, polvos de la Historia. Los Estados se difuminan y prima «la anarquía del mercado capitalista». Y Marx tenía razón, nada nuevo. La acción directa parece una entelequia, algo demodé o, lo que es peor, se reduce a peleas los fines de semana por la diferencia de llevar cordones blancos o negros y rojos en las Adidas. El anarquismo sigue presente en casas okupas, secuelas de los años ochenta, y sus militantes siguen insistiendo en la autoorganización. Seguramente no podríamos explicar a los, ya muertos, libertarios de la República qué es el anarquismo hoy, porque ni siquiera comparten principios, menos incluso una estética común, reconocible. Pero hay algo que siempre prevalece, aunque se adormezca su furia: el abuso permanece intacto, incluso avivado.

Subiendo hacia Gran Vía, a la altura de la vieja sombrerería de Montera número 6 que tenía como lema «Los rojos no llevaban sombrero», hoy cuelga un cartel que anuncia «Tattoo/Piercing», enfrente, un poco más abajo, «Madrid Juegos. Codere. Apuestas».