Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Una conspiración antiliteraria

Una conspiración antiliteraria
23 octubre, 2019 Alejandro Alvarfer
In Blog, Entrevistas, Literatura

ENTREVISTA A CRISTINA MORALES POR M.T.TREACHER Y ALEJANDRO ALVARFER APARECIDA EN BRUXISMO Nº3 (nov/2018)

Tu novela Terroristas modernos está ambientada en el año 1816 y recoge una serie de acontecimientos que giraron en torno a la Conspiración del triángulo, una conjura que tenía por objeto restablecer la Constitución de Cádiz y concebía el asesinato de Fernando VII. Sin embargo, en la entrevista que concediste a El Español rechazabas la etiqueta de «novela histórica», ¿por qué no te sientes cómoda con esa definición?

La entrevista a El Español que mencionas es de hace un año más o menos. Por entonces Terroristas modernos estaba recién publicada, aún no había sido leída y todo el mundo daba por hecho que se trataba de una novela histórica por el simple hecho de desarrollarse la acción hace 200 años. La novela histórica es un género literario, tal y como lo es la novela negra o la novela femenina: nichos de mercado creados por la industria editorial dirigidos a un tipo de lector-consumidor que constituye su target. Para alcanzar dicho target, las novelas históricas en concreto responden a una serie de características literarias y extraliterarias. Entre las literarias las más importantes son, me parece, el homenaje de hitos y personajes del pasado y su tendencia a la pacificación de los conflictos de dicho pasado. Consecuencia de esto último es el humanismo que suelen profesar las novelas históricas: las posturas enfrentadas sobre modos de ver el mundo se acaban reconciliando en virtud de la máxima de que todos, al fin y al cabo, somos personas. Entre las características extraliterarias la más sobresaliente es el diseño de portada: las novelas históricas suelen venir ilustradas con referentes del pasado en el cual la historia se desarrolla. Es asimismo propio de las novelas de género histórico el aparecer en editoriales o colecciones dedicadas exclusivamente a ese género, como también lo es el contar con sus propios premios literarios. 

Terroristas modernos no cumple ninguna de esas características.

¿En qué momento decides novelar esta conspiración, una de las conjuras liberales más oscuras y menos conocidas de las ocurridas en la historia de España? Y, sobre todo, ¿Por qué? ¿Desde el principio quisiste hacer una reflexión sobre el terrorismo moderno o en un primer momento tus intereses eran otros?

No estaba en mi ánimo tanto novelar como acercarme críticamente al momento histórico, en especial a la formación de Estado liberal tal y como lo conocemos hoy. Mi formación académica es jurídica y politológica, y fue con esas herramientas con las que empecé a investigar. Tenía yo veintiún años, estaba en tercero de carrera (bueno, en verdad estaba en la Fundación Antonio Gala: había interrumpido la carrera durante el año que duraba la beca y fue en Córdoba donde empecé su escritura). Pero una vez me di cuenta de la cantidad de información que emergía de cada hilo del cual tiraba (la Guerra de Independencia, la crisis financiera de posguerra, el Romanticismo, los cambios arquitectónicos, de costumbres, de vestido, la literatura patriótica, la fantasmagoría…) pasé de satisfacer una mera curiosidad de estudiante empollona a desear construir algo con ello. Y cómo yo lo que mejor sé construir son novelas, pues a escribir una novela me puse. Que la cosa fuera convirtiéndose en una crítica a lo que terrorismo y Estado significan ha sido algo de lo que me di cuenta muy tarde, casi a punto de entregarla a imprenta. Yo escribía por el puro placer de ver a mis personajes bailar. Y bailar precisamente la música que yo bailo.   

«Terrorismo» es un concepto que ha estado muy presente últimamente en el debate público, en el sentido de que su definición resulta especialmente polémica. ¿Cómo definirías el terrorismo? ¿Qué significó el Terror de los jacobinos en la definición del sistema demo-liberal? 

«Terrorismo» es una palabra de origen francés. «Terrorisme» aparece por primera vez en el diccionario de la Academia Francesa en 1798, cuando los termidorianos están en el poder y definen la legislatura anterior, la jacobina, como régimen del terror, llamando terroristas a sus defensores; cosa que no obstó para que los mismos termidorianos emplearan la guillotina contra Robespierre (y cientos como él) tal y como éste la empleó. Unos y otros consideraban su acción de gobiernos como «virtud pública». Marat-Sade de Peter Weis retrata a la perfección esa falsa oposición entre los detentadores del poder republicano. La violencia contra opositores y contra la población en general está en la raíz misma de la democracia representativa, del establecimiento del capitalismo y del positivismo legal. Esto no es una interpretación mía, esto está en los diccionarios. Al español no llega hasta 1825, definido lacónica pero elocuentemente como «Sistema político del terror». La definición hace referencia a un orden, a una organización social no dejada a la improvisación ni al caos, que es como ahora está connotado el concepto de terrorismo. Parece que «radical» procede etimológicamente de «raíz». Yo me quedo, pues, con la definición de terrorismo que se escucha en algunas manifestaciones actuales y que es una vuelta a las raíces del término: «L’únic terrorista, l’Estat capitalista».

El trasfondo de la novela no deja de ser profundamente angustioso, casi kafkiano; por una parte nos encontramos con un régimen absolutista que tiene condenado al país a la miseria, pero la alternativa liberal que se presenta y que sostienen los protagonistas en absoluto es esperanzadora. Los conceptos utópicos en los que se mueven estos, especialmente el de la soberanía nacional que proclamaba aquella Constitución de Cádiz, los presentas como trucos lingüísticos para garantizar el dominio de una nueva élite. ¿Crees que había más alternativas en aquellos años en los que se gestaron las culturas políticas contemporáneas?

Dices muy bien que la alternativa frente al absolutismo era un truco lingüístico, truco en el que yo en buena medida baso mi novela. Creo que te he respondido parcialmente a esta pregunta con la respuesta que te di antes acerca de termidorianos y jacobinos. En España teníamos, primero, absolutistas frente a afrancesados; luego, doceañistas frente a veinteañistas; luego liberales frente a moderados… Y así, con esos falsos dilemas que en realidad son tándems, llegamos hasta hoy. Es consustancial a la formación y perpetuación del Estado liberal la legitimación de falsas alternativas, falsas porque ni unas ni otras cuestionan la existencia del Estado. Bien al contrario, ayudan a pertrecharlo bajo una apariencia de lugar plural donde todas las opiniones son bienvenidas. Y efectivamente son bienvenidas, siempre y cuando no cuestionen las bases del Estado.  

Al contrario que en muchas novelas de corte histórico, Terroristas modernos no es para nada un lamento por una oportunidad perdida. No se respira en el libro la idea de que si hubiesen triunfado los conjurados la historia política habría seguido mejores derroteros ¿Crees que el liberalismo decimonónico no resultaba mucho mejor alternativa que el absolutismo?

Agustín García Calvo decía que la Revolución Francesa ni había sido revolución ni había sido nada, que menuda patraña el término revolución. Que el absolutismo monárquico fuera un régimen opresor no tiene que necesariamente significar que el liberalismo fuera «algo mejor». Lo que subyace a esa concepción del mundo y de la Historia (y el establecimiento de la Historia misma como entidad) es la idea de progreso, de avance, de que lo que se deja atrás siempre es peor o «menos avanzado» que lo que está por venir. Por eso se llama «reaccionario» a todo aquel que rechaza los cambios. Porque en la concepción progresista (o sea, cristiana) del mundo, todo cambio es para bien. Yo no comparto esa idea.

La figura de Fernando VII resulta muy interesante, pero aunque se habla de él constantemente, no llega a aparecer. De todas las conjuras liberales que conocemos de su reinado, la de Richart fue la única que incluía su asesinato como una posibilidad si se negaba a colaborar con el liberalismo. ¿Llegó a tentarte la posibilidad de incluirlo como un personaje más? Su personalidad esperpéntica se habría amoldado bien a la novela.

No tenía ningún interés en hacer hablar a Fernando VII en la novela, de hacer de él un personaje en el sentido clásico del término, o sea, de que los lectores «vieran» a Fernando VII como ven a Catalina Castillejos o a Diego Lasso. Sin embargo y como tú bien dices, al rey se le alude constantemente, y esa es otra técnica de construcción del personaje: por alusiones, como pasa en Esperando a Godot o en Eloísa está debajo de un almendro o en Cinco horas con Mario. Eso revela el sentido moral de la novela: la historia (con minúscula) no va de los líderes del poder establecido sino de otra cosa. Me gusta pensar, eso sí, que el rey está en el baile de disfraces del Caños del Peral, esa escena central de Terroristas modernos. Es perfectamente posible dado que el teatro y el palacio real estaban uno enfrente del otro, y que al rey le gustaba la jarana viniera de donde viniera.

En ocasiones has dicho que la novela está mal escrita, entendiendo este escribir mal como una especie de cuestionamiento a sí misma como narración. En mi opinión, ese cuestionamiento es lo que diferencia a Terroristas Modernos de la novela histórica como género comercial de Caspa y Espada. Algo que la acerca a la obra de autores que ―pienso en Pynchon, en el colectivo Luther Blissett o en David Peace― hacen novelas históricas que parecen dejar en evidencia a la Historia como narración. ¿Te han influenciado algo estos autores? ¿Te sientes identificada con la obra de algún autor contemporáneo?

No he leído a ninguno de esos autores que mencionas, pero sí comparto ese gusto por des-narrar el relato histórico-político que nos embuchan los cronistas del poder. Sobre obras de autoras contemporáneas, me siento influida por Angélica Liddell, por Andrés Caicedo y por María Galindo. Pero Terroristas modernos no bebe tanto de ellas como de otras literaturas más canónicamente novelísticas, clásicas incluso. La ciudad y los perros de Vargas Llosa, Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez de Saramago, Nada de Carmen Laforet, La naúsea de Sartre, La peste de Camus. A lo mejor Terroristas modernos es una novela existencialista.   

La época que retratas es también la de consolidación de la novela Realista como producto cultural de prestigio. La novela pasa de ser una creación mayoritariamente popular en la que cabe todo, y que parece tener por única regla la ausencia de éstas, para convertirse en una categoría cerrada con unos estándares fijos e inamovibles de calidad. ¿Es ese «escribir mal» al que nos referíamos antes una forma de dinamitar todo ese prestigio rancio del que sigue gozando la Literatura y la figura del Literato?

¡Dios te oiga! Yo, cuando escribo, no pienso tanto en demoler como en construir, porque si no la escritura no sería posible. Al menos no sería posible para mí. A efectos técnicos, de cocina literaria como lo llaman por ahí, cuando me siento a escribir lo hago con una increíble preocupación por que todo lo «mal escrito» parezca «bien escrito». Dar gato por liebre. Que no se note el truco. Que la obra llegue al editor sin guiones de diálogo, con palabras unidas entre sí creando palabras nuevas, con deliberadas faltas de ortografía, con transcripciones fonéticas, con collages, con entrevistas picadas de la tele, con conflictos triviales, con tonterías de discusiones, con inverosimilitudes… Y que el editor (un editor listo) la lea y diga «esto es literatura», como hicieron los editores de los dadaístas, de los surrealistas, de los futuristas. 

¿Es la hora de apostar por una antiliteratura?

No sé bien qué sería eso. Ir contra el canon literario sí sé lo que es. Yo apostaría, pues, por un anticanon, y no para derrocarlo y asentar otro, en el sentido dialéctico marxiano clásico, sino para no tener canon ninguno. En vez de canon, deseo. En fin, una utopía. Pero me interesa el término antiliteratura. ¿Me lo explicas mejor?[1]

[1] Por petición expresa de la autora añadimos nuestra propia definición del término. Nos referimos precisamente a derribar un Canon, pero no para sustituirlo por otro. Escribir desde el frente para acabar con todos esos clichés relacionados con el «prestigio literario». Una antiliteratura alejada tanto de los balbuceos de los vejestorios de la RAE como de los ejercicios de estilo de los nuevos aspirantes al trono. Escribir para arrancar y arrancarse costras, no para recibir palmadas en la espalda.

¿Podrías decirnos algo sobre los problemas que tuviste con los discursos de Ramiro Ledesma no citados en tu novela Los combatientes? ¿Cómo ha sido tu experiencia dentro del llamado mundillo literario, el de las editoriales y los prescriptores culturales?

Pocas veces me sentí tan a gusto con un editor como con Constantino Bértolo. Fue el primero que me dijo «Tu libro no me gusta, porque yo no digo que los libros me gustan o me disgustan. A mí los libros me interesan o no me interesan, y tu libro me interesa». A Los combatientes se refería. Y cuando saltó todo el asunto de que yo había colado discursos sin citar de Ramiro Ledesma Ramos en el texto, habiéndolo tomado la prensa cultural e incluso el INJUVE (que premió la novela) por discursos del 15M, Bértolo (que tampoco se había enterado del morcillazo) se mostró encantado y colaborador en la defensa del libro. Se alegró, le gustó la broma. Y esa otra pregunta sobre el mundillo literario que me haces es extraordinariamente pesada de responder. 

Para terminar, molaría que nos hablases de alguna obra prestigiosa que por algún motivo detestes.

Limónov y El Reino de Emmanuel Carrère son dos novelas que se regodean en la alegría de ser un escritor, un narrador y un protagonista (en Carrère concurre la identidad de esas tres categorías) privilegiado. Se congracia Carrère de ser un varón blanco heterosexual de clase alta y elevada cultura académica y desde ese prisma fundamentalmente acrítico con la violencia que sus privilegios de macho bobo (bourgeois-bohème, como él se autodenomina) genera, juzga a los estalinistas, a los neonazis, a los católicos practicantes, a las mujeres que hacen yoga y a las mujeres violadas. Ganas de vomitar.