Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Los «años de plomo» y el terrorismo neofascista en Italia (2)

Los «años de plomo» y el terrorismo neofascista en Italia (2)
30 octubre, 2018 A. Saralegui
In Blog, Historia, Política

 

(Continuación de la 1ª parte)

 

«Operación Gladio»

En 1990, en el curso de una investigación acerca de sus conexiones con la mafia, Giulio Andreotti —7 veces primer ministro y uno de los popes de Democracia Cristiana— confirmó la existencia de la red «Gladio», en virtud de la cual el terrorismo neofascista alcanza una nueva dimensión.

La existencia de una organización secreta tras esta oleada de atentados por parte de la extrema derecha italiana era una sospecha cada vez más fundada desde que, en 1984, el juez Felice Casson decidiese reabrir la investigación acerca de la matanza de Peteano para realizar un sorprendente descubrimiento: no sólo el atentado no había sido perpetrado por las Brigadas Rojas, sino que la policía no había hecho absolutamente nada por investigar el asunto. Es más, el informe acerca de las bombas utilizadas era una falsificación realizada por Marco Morin, experto en explosivos y militante de Ordine Nuovo. El gobierno también había ocultado el descubrimiento, en el mismo año del bombazo, de un depósito de armas aparecido en Trieste que guardaría relación con el caso. Finalmente, es detenido Vincenzo Vinciguerra, militante de Avanguardia Nazionale, quien declara: «Con la masacre de Peteano, y con todas las que siguieron, debería quedar claro que existió una verdadera estructura, oculta y escondida, con la capacidad de dar una dirección estratégica a los ataques… (La estructura) yace dentro del Estado mismo».

Giulio Andreotti

Tanto Vinciguerra como Andreotti confirmaban con sus testimonios algo que la izquierda —y no sólo la italiana— venía teniendo cada vez más claro: que desde mediados del s. XX había existido en Europa occidental una organización que, auspiciada por altos cargos de la OTAN, ciertos políticos y sectores de los servicios secretos europeos y norteamericanos; había instigado, financiado y en ocasiones incluso colaborado abiertamente con el terrorismo de extrema derecha. ¿Cuál era el objetivo de esta trama? Hacer la guerra sucia a los partidos comunistas occidentales; impedir la entrada de los mismos en el gobierno; generar un clima de paranoia que propiciase la represión y la autocensura —como ocurrió con la ley Reale de 1975, que permitía los arrestos sin mandato judicial e interrogatorios sin presencia de un representante legal; o el decreto-ley Cossiga de 1979, que autorizaba las escuchas telefónicas indiscriminadas y aumentaba el tiempo de prisión preventiva— y, en última instancia, facilitar un golpe de Estado para establecer gobiernos «de orden» en países estratégicos —como fueron los casos de Grecia, en 1967; y Chile, en 1973, si bien este se encuadra en la «operación Cóndor», homóloga de «Gladio» en el Cono Sur—. A esta línea conspiradora se la conoció como la «estrategia de la tensión». De nuevo según el terrorista Vinciguerra: «La razón era bastante simple, había que forzar a esta gente, al público italiano, a ir al Senado a pedir una mayor seguridad».

En el caso italiano, estas conexiones fueron especialmente escandalosas. A finales de 1963, varias bombas atribuidas a la izquierda hacen explosión en las sedes de Democracia Cristiana, generando un enorme clima de inestabilidad. Meses más tarde, el general Giovanni de Lorenzo, ex jefe del SIFAR —servicio de inteligencia militar italiano— y que había sido puesto al mando de los carabineros por Andreotti, a la sazón Ministro de Defensa, despliega buena parte del ejército en Roma con motivo del 150º aniversario de los carabineros. Acabado el desfile, las tropas no llegan a retirarse y permanecen apostadas en las calles de Roma durante los meses de mayo y junio. Tras una entrevista entre De Lorenzo y el primer ministro Aldo Moro, los socialistas abandonan el gobierno al que habían accedido un año antes, poniendo fin al primer intento reformista en la Italia de posguerra. Cuando, cuatro años más tarde, este asunto sea investigado, el comandante del SIFAR Renzo Rocca aparecerá con una bala en la cabeza un día antes de declarar ante el juez. De Lorenzo acabó militando en las filas del MSI.

El de Renzo Rocca no es el único caso de desaparición «casual» en relación con el neofascismo italiano. En 1972, el comisario Calabresi es asesinado tras liderar la investigación de las bombas de 1969. El 10 de julio de 1976, el juez Vittorio Occorsio es asesinado en Roma por sus investigaciones acerca de militantes de Ordine Nuovo. Su muerte habría sido planeada en una cumbre neofascista celebrada en Madrid bajo el lema: «¡Viva el fascismo redentor!». La octavilla dejada por los asesinos en el lugar del crimen rezaba: «La justicia burguesa se detiene en la cadena perpetua, la justicia revolucionaria va más allá». Finalmente, fue detenido Pierluigi Concutelli, militante de Ordine Nuovo, organización que ya había sido prohibida por el gobierno italiano en 1973 y que fue sustituida por Ordine Nero. Concutelli fue condenado a cadena perpetua y actualmente cumple arresto domiciliario.

Dos años más tarde, tuvo lugar el que sin duda es el hecho más reseñable en relación con los «años de plomo» italianos. El 16 de marzo de 1978, el auto en el que Aldo Moro se dirigía al parlamento es atacado, sus cinco guardaespaldas asesinados y él mismo secuestrado. Moro había sido primer ministro en cuatro ocasiones y por aquel entonces ostentaba el cargo de presidente de Democracia Cristiana. Se dirigía a votar una moción de confianza sobre el nuevo gobierno de Giulio Andreotti, apoyado de manera externa por el PCI en el contexto del «compromiso histórico» —línea que defendía la colaboración entre democristianos, socialistas y comunistas para asegurar una cierta estabilidad en la política italiana—. Moro había sido uno de los máximos defensores de esta política, sobre todo teniendo en cuenta que en las elecciones generales de 1976 los comunistas habían obtenido el mejor resultado de su historia con un 34.4% de los votos.

El secuestro fue orquestado por Brigadas Rojas, que exigían la liberación de su fundador, Renato Curzio, y varios compañeros. Las Brigadas Rojas llevaban amenazando con tomar represalias por el juicio contra Curzio desde hacía un año, algo que había sido contestado en prensa por la Agrupación Autónoma de Brigadas Negras Ettore Mutti, que amenazaron con «acabar» con la organización comunista si impedían el juicio contra Curzio. Finalmente, y ante la negativa del gobierno a negociar, el cadáver de Moro aparece a los 55 días en un punto equidistante entre las oficinas de Democracia Cristiana y el Partido Comunista.

El asesinato de Aldo Moro sigue presentando grandes interrogantes. Como consecuencia directa, el gobierno fue disuelto, el «compromiso histórico» abandonado y los comunistas volvieron a la oposición. Durante los dos meses siguientes, se llevaron a cabo 40.000 registros, si bien no se produjo ninguna detención. En 1979, el periodista Mino Pecorelli es asesinado cuando llevaba a cabo una investigación sobre el affaire Moro. Giulio Andreotti fue encontrado culpable de haber encargado su muerte  al mafioso Gaetano Badalamenti en 2002, condenado a 24 años de cárcel y exonerado de todos los cargos al año siguiente. Cuando la comisión senatorial encargada de investigar «Gladio» en 1995 reabrió el caso, varios documentos desaparecieron; y el papel de las Brigadas Rojas en el crimen acabó siendo definido como «el instrumento de un juego político más amplio». Vincenzo Vinciguerra expresó su convencimiento de que en la ejecución de Moro habían participado los servicios secretos de «Gladio».

«Con la masacre de Peteano, y con todas las que siguieron, debería quedar claro que existió una verdadera estructura, oculta y escondida, con la capacidad de dar una dirección estratégica a los ataques…»

Queda por aclarar el papel del último de los elementos que conformaron esta red que implicó al neofascismo italiano en la llamada «estrategia de la tensión». En 1981, se descubre la existencia de una logia masónica llamada Propaganda Due, o P2, de la que formaban parte algunos de los personajes más influyentes del país —policías, militares, industriales, banqueros, políticos, magistrados, etc.— Fue descubierto además su líder, el «venerable» Licio Gelli, antiguo camisa negra que había combatido en la Guerra Civil Española y acabó relacionado con la caída del Banco Ambrosiano. La existencia de la logia venía a confirmar que en Italia había de facto un gobierno paralelo en la sombra. La logia, además, estaba relacionada con la organización neofascista «Rosa dei Venti», descubierta en 1973 y cuyos miembros habían sido detenidos acusados de planear un golpe de Estado para establecer un modelo a imagen de la República Social.  Gelli huyó a Sudáfrica, desde donde confirmó la red «Gladio» y la existencia de 250 células terroristas dispuestas a atentar por todo el país. También aseguró estar convencido de que se había dejado morir a Aldo Moro.

Conclusión

Ni el terrorismo neofascista ni el marco más amplio de la «operación Gladio» quedaron restringidos al suelo italiano. Tras el fallido «golpe Borghese», numerosos neofascistas italianos así como el propio «Príncipe Negro» se refugiaron en España. Aquí tuvieron contacto con miembros de la OAS, la Organisation de l’Armée Sècrete, organización terrorista francesa de extrema derecha surgida en 1961 para poner trabas a la independencia de Argelia, asesinar a De Gaulle y, en última instancia, establecer un gobierno de corte autoritario y anticomunista en Francia; y muchos de cuyos líderes —como Gérin-Serac, Raoul Salan o Pierre Lagaillarde— se habían escondido en España tras su disolución en 1962.

Junio Valerio Borghese, el «Príncipe Negro»

España había funcionado, de hecho, como el gran refugio fascista a nivel europeo desde finales de la IIGM, acogiendo a gente como Otto Skorzeny, antiguo coronel de las SS, o Léon Degrelle, fundador del partido rexista en Bélgica. Con el auge del neofascismo en Italia, también será el refugio de muchos de sus militantes los cuales, tras la muerte de Franco, colaborarán con la extrema derecha española en operaciones de índole semejante.

Stefano Delle Chiaie

En el momento de su detención, el asesino del juez Occorsio llevaba una agenda con números de teléfono de funcionarios del SECED —Servicio Central de Documentación—. La ametralladora con la que Concutelli llevó a cabo el crimen también era de origen español. Concutelli, según relató el neofascista Angelo Izzo con motivo de la reapertura del caso en 2008, habría participado en el secuestro y desaparición del etarra Pertur en 1976. Personas cercanas a Delle Chiaie confirmaron la participación de neofascistas italianos en la guerra sucia contra ETA a través de organizaciones como el Batallón Vasco Español o la ATE —Antiterrorismo ETA—. El propio Delle Chiaie habría estado presente en los sucesos de Montejurra, en mayo de 1976, en los que tuvo lugar el enfrentamiento entre un ala carlista de extrema derecha, agrupada en torno a Sixto de Borbón; y militantes del Partido Carlista, partidarios de Carlos Hugo de Borbón y progresivamente más cercanos a la izquierda. En la llamada «operación Reconquista», los «sixtinos» tomaron la cima del Montejurra la noche anterior al tradicional via crucis, abriendo fuego durante la celebración de este y acabando con la vida de dos personas. Entre los atacantes también habría estado Jean Pierre Cherid, ex OAS a sueldo del SECED. Delle Chiaie participaría más tarde en la «operación Cóndor» latinoamericana, persiguiendo a disidentes políticos del régimen de Pinochet y formando parte, ya en los 80, de los «escuadrones de la muerte» del nazi Klaus Barbie en Bolivia. Fue arrestado en 1989, acusado de participar en los atentados de Piazza Fontana y Bolonia, y en su declaración afirmó haber torturado, interrogado y ejecutado a refugiados vascos en el sur de Francia en los años 70, así como haber tenido contactos con la dictadura de los coroneles griegos.

En 1977, se produce la matanza de Atocha en la que son asesinados cinco abogados laboralistas. En ella habría participado Carlo Cicuttini, ex MSI y miembro de Ordine Nuovo, que había escapado de Italia tras la bomba de Peteano. Su participación fue confirmada por un informe de la inteligencia italiana. La justicia italiana reclamó su extradición en 1987, pero el gobierno de Felipe González se negó. Finalmente, fue detenido en Francia en 1998 y condenado a cadena perpetua. Habría participado en los GAL.

Tras el atentado, se descubrió una fábrica de armas en la calle Pelayo de Madrid a cargo de los miembros de Ordine Nuovo Salvatore Francia, Giancarlo Rognoni y Elio Massagrande. Es entonces cuando Gregorio Morán publica un reportaje titulado «La camada negra», en el que expone los contactos entre el neofascismo italiano y el español, afirmando que Stefano Delle Chiaie había sido visto en Lérida junto a un teniente coronel de la Guardia Civil y Miguel Gómez Benet, principal sospechoso por una bomba contra la sede de la revista «Papus» que causó la muerte del conserje del edificio y dejó 17 heridos; información por la que Morán tuvo que declarar ante un tribunal militar.

Con el paso del tiempo, y ante no pocas trabas, han ido quedando más claras las responsabilidades de este «terrorismo negro» en los «años de plomo». Parece, sin embargo, que aún falta mucho para conocer el verdadero alcance de sus conexiones con los órganos de poder. Ya en 1987, Delle Chiaie había amenazado con involucrar a dirigentes políticos con sus declaraciones. Otro de los acusados por la matanza de Bolonia, Roberto Fiore, vivió en Inglaterra desde 1980 manteniendo contactos con la extrema derecha británica. A su regreso a Italia, funda el partido Forza Nuova, por el que acabó siendo eurodiputado. El informe sobre Gladio del año 2000 reconoció el papel del neofascismo en todos estos atentados. El expresidente Cossiga reconoció haber ayudado a Gladio desde su posición de Ministro del Interior entre 1976 y 1978. Giandelio Maletti, ex jefe del contraespionaje italiano, confirmó que había ayudado a neofascistas italianos en su huida a España. En el año 2014, el primer ministro Matteo Renzi anunció que el gobierno comenzaría a desclasificar los documentos en relación a los atentados ocurridos entre 1969 y 1984. En España, las revelaciones de Andreotti llevaron a Izquierda Unida a promover una investigación. El general Manglano, entonces director del CESID, se negó a declarar en el Parlamento y se cerró el caso.

Por último, cabría hacerse la pregunta de hasta qué punto la inteligencia occidental se valió de un terrorismo que, en palabras del terrorista Vinciguerra, atacó a «civiles, al pueblo, mujeres, niños, gente inocente, gente desconocida desligada de cualquier juego político» para influir desde la sombra en la vida política italiana; o si por el contrario fue el neofascismo el que utilizó esta posición privilegiada para llevar a cabo su programa nacional-revolucionario. Hoy, parece que la extrema derecha italiana ha suavizado sus tácticas, al menos de cara a la galería, y la Liga Norte reclama el gobierno del país tras autoproclamarse líder del «centro-derecha». Nihil novum sub sole.


*2ª parte del artículo publicado en Bruxismo nº2 (abril 2018), fanzine que podéis comprar aquí.