Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

Los «años de plomo» y el terrorismo neofascista en Italia (1)

Los «años de plomo» y el terrorismo neofascista en Italia (1)
23 octubre, 2018 A. Saralegui
In Blog, Historia, Política

 

«Lo sé. Sé los nombres de los responsables de lo que llaman golpe (y en realidad es una serie de golpes instaurada como sistema de protección del poder). Sé los nombres de los responsables del atentado de Milán (…) Sé los nombres de los responsables de los atentados de Brescia y de Bolonia…»

— Pier Paolo Pasolini, un año antes de su asesinato.

 

Si bien en la actualidad el mundo occidental parece estar sumido en un estado de histeria colectiva ante la amenaza de un ataque terrorista —algo que, en no pocas ocasiones, se ha visto acompañado de drásticos recortes de libertades o del ascenso al poder de sujetos grotescos como Donald Trump—, hay quien parece olvidar que, durante buena parte del s. XX, el terrorismo fue una realidad mucho más presente que hoy día en la vida política de la vieja Europa. Fueron los llamados «años de plomo», término que define, más allá de particularidades locales, el período comprendido entre finales de los años 60 y comienzos de los 90; una época convulsa en la que la práctica política no quedaba restringida a la actividad parlamentaria, la burocracia o la proliferación de insufribles tertulias televisivas; sino que se extendía a la realización de huelgas efectivas, manifestaciones tumultuarias y, en última instancia, al recurso a la violencia.

En un contexto en el que el mundo comenzaba a recuperarse de los estragos de la II Guerra Mundial, el enfrentamiento entre los bloques soviético y capitalista se hizo patente en cada escenario posible. La descolonización era ya un proceso irreversible y el imperialismo se vio obligado a encontrar nuevas formas de actuación, principalmente mediante el establecimiento de tiranías afines como fueron los casos de Persia, en 1953, y Guatemala, un año más tarde. A la vez, se asistía al éxito de experiencias revolucionarias como la cubana, en 1959, y a la proliferación de guerrillas urbanas en Centro y Sudamérica tras el fracaso en la exportación del modelo foquista. La juventud europea había empezado a desarrollarse ajena a los rigores de la posguerra, por lo que hubo quien, dada la crisis global de 1968, decidió hacer de la acción directa su bandera, organizando grupos armados que protagonizaron algunas de las acciones insurreccionales más espectaculares de la segunda mitad del siglo.

Así, organizaciones como Rote Armee Fraktion RAF, o «banda Baader-Meinhof»— o Brigate Rosse pasaron al primer plano de la actualidad actuando como auténticas guerrillas urbanas en suelo europeo. Aunque sí los más importantes, y dejando a un lado otros de carácter nacionalista como ETA o el IRA, no fueron los únicos grupos terroristas de su tiempo, pudiendo destacar también Movimiento 2 de Junio en Alemania, Angry Brigade en Inglaterra, los GRAPO y el FRAP en España, Action Directe en Francia o 17N en Grecia. Todos los anteriores compartieron su carácter revolucionario, su cercanía a la extrema izquierda, su concepción de la violencia como elemento central del movimiento —y no como parte de una estrategia insurreccional de masas— y su inspiración en las guerrillas latinoamericanas y en las tesis anarquistas de la «propaganda por el hecho».

Casi todas estas organizaciones resultan relativamente cercanas al público general y su presencia ha sido constantemente explotada por medios y poder político como una evidencia de hasta dónde está dispuesta a llegar la izquierda radical por subvertir el sistema. Lo que quizá no sea tan conocido es que, frente a ellas, existieron otros grupos igualmente implacables que trataron de reorganizar el fascismo tras la guerra y que camparon a sus anchas por Europa disputándose las calles con la izquierda y practicando una suerte de «terrorismo negro»  que llegó a estar auspiciado por las autoridades como forma de hacer la guerra sucia a todo aquello susceptible de ser catalogado de «prosoviético». La magnitud del tema, en el que abundan las conspiraciones, golpes de Estado, operaciones de falsa bandera y agentes provocadores, excede con creces las posibilidades de un humilde artículo fanzinero, por lo que nos centraremos en el ámbito italiano por ser el que con mayor brutalidad experimentó el terror neofascista y en el que más evidentes resultaron las conexiones de este con los órganos de poder.

El fascismo tras la IIGM: Julius Evola

El fin de la II Guerra Mundial no supuso, como suele repetirse hasta la saciedad, la derrota definitiva del fascismo. Sí fue una derrota en el sentido militar, pero en el nuevo contexto de ferviente anticomunismo muchos de sus antiguos cuadros fueron reciclados para la causa con mayor o menor pudor. También la doctrina tuvo que ser revisada para hacer frente a una nueva realidad, lo que llevó a un panorama bastante heterogéneo: algunos sectores optaron por incorporarse a la vida política parlamentaria, refugiándose en posiciones más cercanas a la derecha tradicional y enarbolando un discurso anticomunista, anti-inmigración y de defensa de la unidad nacional, como fue el caso del Movimiento Social Italiano, o MSI; otros, herederos de una mística más próxima al nazismo, siguieron las tesis racistas de René Binet y Gaston Amaudruz en la construcción de toda una serie de grupúsculos que se aglutinaron en el Nuevo Orden Europeo; mientras que los más próximos al fascismo clásico se mantuvieron fieles al espíritu revolucionario, actualizando tesis tan ortodoxas como el rechazo al marxismo, la exaltación de la unidad europea y de la cultura nacional, y la economía corporativista; un refrito del viejo ideario para hacer frente a lo que se entendía, al igual que en los años 20, como una pérdida de los valores occidentales y el colapso del sistema capitalista. Esta última corriente será la protagonista de nuestro artículo, y quizá en relación con ella podamos incluir la que posiblemente sea la tendencia más curiosa, una suerte de «fascismo de izquierdas» que hizo su aparición en el contexto de mayo del 68, de fuerte inspiración situacionista y que mostraba una cierta admiración por la Revolución Cultural china —en Roma aparecieron pintadas del tipo «Hitler y Mao unidos en la lucha» o «Viva la dictadura fascista del proletariado»—; dando lugar a organizaciones como Lotta di Popolo —autodefinidos como nazi-maoístas—.

A pesar de sus marcadas diferencias, todas las corrientes anteriores participaron de ciertos elementos esenciales: su oposición a la política de bloques, el mito de Europa y su admiración por la República Social Italiana —cuyo desarrollo se entendía frustrado por los avatares de la guerra— y las Waffen SS como ejemplo de colaboración del «hombre nuevo» en la defensa de Occidente.

«En cualquiera que sean los eventos, lo que pueda ser hecho será hecho y perteneceremos —entonces— a aquella patria que ningún enemigo podrá nunca ocupar ni destruir»

Julius Evola

Sin embargo, el principal referente del neofascismo fue un filósofo de origen italiano que publicó su obra bajo el seudónimo de Julius Evola. A pesar de la admiración que Mussolini había llegado a sentir por él, Giulio Cesare Andrea Evola se había mantenido al margen del régimen fascista, que llegó a criticar en «Revuelta contra el mundo moderno» (1934). Evola, que sí había gozado de cierto predicamento entre los círculos esotéricos de las SS, fue juzgado en 1949 por su colaboración con los Fascios de Acción Revolucionaria. Publica entonces el manifiesto «Orientaciones», que rápidamente se convierte en la base ideológica del nuevo movimiento y en el que defiende el retorno a la «tradición», entendiendo el concepto no en el sentido español-carlista, sino como conjunto de valores supremos inherentes a todo grupo humano y que determina todos los aspectos de su organización social; unos valores amenazados por la idea de «progreso», motor de la degeneración occidental y de la que tanto la democracia liberal como el comunismo serían los últimos representantes. Reivindica, por tanto, un «racismo espiritual no zoológico» que se manifiesta frente al «judaísmo psicológico». En su tesis de que el fascismo no era un fin en sí mismo, sino un medio para procurar ese retorno a la «tradición», también aboga por el Estado orgánico frente al totalitario y por el papel de la élite revolucionaria frente al líder, así como reniega de los aspectos más sociales del fascio. El hecho de tratar en sus textos temas relacionados con la sexualidad, el esoterismo o la contracultura lo acabará convirtiendo en el pensador predilecto de los neofascistas en los años 60 —de nuevo en la Italia del 68 serán frecuentes las pintadas «Evola, Sorel, Drieu la Rochelle»—.

El neofascismo italiano

Al mismo tiempo que los aliados hacían su entrada en Roma, nacen los Fascios de Acción Revolucionaria como una primera experiencia de lo que será el terrorismo neofascista en las décadas siguientes. Los FAR se dedicarán a ajustar cuentas con los partisanos comunistas, al asalto de emisoras de radio, a repartir propaganda y a dinamitar algunos barcos dirigidos a la URSS como compensación de guerra. Por su parte, el nuevo Estado italiano endurecerá las penas contra los intentos de reconstrucción del fascismo en marzo de 1947 y estrechará el cerco sobre los FAR hasta que, ya en 1951, conceda una amnistía a sus militantes, muchos de los cuales acabarán engrosando las filas del MSI.

Nacido en 1946, el MSI tratará de incorporar el neofascismo a la vida política italiana, contando entre sus filas con antiguos hombres fuertes del régimen como el almirante Rodolfo Graziani o Arconovaldo Bonaccorsi, el «Conde Rossi». Su rechazo a la violencia llevará a una progresiva ruptura entre la dirección y las bases, que se hará patente de manera definitiva cuando en 1952 el partido pacte con los monárquicos para tratar de construir una alternativa por la derecha a la todopoderosa Democracia Cristiana. Precisamente a causa de esta ruptura, Pino Rauti —que había militado en los FAR— se escinde del MSI en 1956 y funda el Centro Studi Ordine Nuovo, que se convertirá en uno de los mayores focos de violencia junto con Avanguardia Nazionale, fundada por Stefano Delle Chiaie, el más tristemente célebre de los militantes neofascistas.

Ordine Nuovo y Avanguardia Nazionale, cuyos emblemas serán respectivamente el labrys, o hacha doble —que ya había sido utilizado por el fascismo griego y por la República de Vichy—, y la runa odal —ambos dispuestos sobre una bandera roja al más puro estilo nacionalsocialista—; se enfrentarán a la izquierda en sucesivas refriegas que frecuentemente acabarán en un baño de sangre. En 1968, en un contexto de fuertes luchas sindicales, la Facultad de Filosofía y Letras de Roma es ocupada por estudiantes de izquierda, mientras que la derecha hace lo propio en la Facultad de Derecho. Tras el estallido de una bomba, 400 fascistas tratan de desalojar a la izquierda, lo que deja un saldo de cerca de 150 heridos y la evidencia de que el neofascismo había perdido la Universidad. Meses antes, había tenido lugar la batalla de Valle Giulia, en la que neofascistas e izquierdistas —hasta 4.000 personas— se habían enfrentado codo con codo a la policía dejando un total de 600 heridos. El ambiente en el mundo estudiantil era bastante tenso desde que en 1966, en un choque entre grupos de izquierda y el Fronte universitario d’Azione Nazionale —fundado por universitarios del MSI—, fuese asesinado el estudiante Paolo Rossi. En 1969 tuvo lugar una auténtica revuelta en Battipaglia que dejó dos muertos y centenares de heridos. En noviembre de ese mismo año, el comisario Antonio Annaruma muere en Milán en un enfrentamiento con fuerzas de la izquierda extraparlamentaria. A su cortejo fúnebre le seguirá una marcha de miles de militantes neofascistas. Todos estos choques conforman el llamado «otoño caliente», período que propició el estallido de los «años de plomo».

«Anni di piombo»

Había quedado claro que la calle era un escenario perfectamente válido para la lucha política en la nueva Italia, aún más si cabe en el caso de unas fuerzas constantemente marginadas en el ámbito parlamentario —algo especialmente escandaloso en el caso de los comunistas, teniendo en cuenta los buenos resultados electorales que el Partido Comunista Italiano obtuvo sucesivamente desde las primeras elecciones de la posguerra en 1948—. Democracia Cristiana había sufrido un duro revés en las elecciones de 1968 y, desde ese mismo año, se hicieron frecuentes las protestas callejeras contra la guerra de Vietnam. En este contexto, la violencia se recrudeció.

Pietro Valpreda

El 12 de diciembre de 1969, un artefacto hizo explosión ante las oficinas de la Banca de Agricultura de Milán, dejando 17 muertos y más de 80 heridos. Al mismo tiempo, otras tres bombas estallaron en diferentes puntos de Roma y Milán. La culpa recayó inmediatamente sobre los anarquistas del Círculo 22 de marzo, uno de cuyos integrantes y principal sospechoso, Giuseppe Pinelli, se «suicida» en extrañas circunstancias al caer por la ventana de la estación de policía en que estaba detenido. Pietro Valpreda fue encarcelado hasta 1987 y finalmente liberado por falta de pruebas.Otro de los anarquistas interrogados, Mario Merlino, menciona en su declaración al líder de Avanguardia Nazionale, Stefano Delle Chiaie, quien se ve forzado a huir de Italia. Tres miembros de Ordine Nuovo fueron condenados en 2001 por el atentado, aunque años más tarde las sentencias fueron revocadas. A raíz del atentado, varios grupos de extrema izquierda como el Colectivo Político Metropolitano pasan a organizarse en Izquierda Proletaria y su rama clandestina, Brigadas Rojas.

En julio de 1970, y espoleada por la extrema derecha, tiene lugar la revuelta de Reggio Calabria contra la decisión de establecer la capital de Calabria en Catanzaro. Ante el propósito de la izquierda de «retomar la región» organizando un gran mitin, miembros de Avanguardia Nazionale vuelan seis trenes que debían transportar a representantes sindicales. El balance al final de la revuelta es de 6 muertos, 250 heridos, miles de detenidos y el ejército en las calles. Entre el comienzo de la misma y octubre del 72 se contabilizaron hasta 44 atentados con bomba.

A finales de ese mismo año había tenido lugar otra de las intentonas más escandalosas del neofascismo: el fallido golpe de Estado de Junio Valerio Borghese, el «Príncipe Negro». Borghese, aristócrata y ferviente fascista, había luchado en la Guerra Civil Española y en la IIGM al mando de la Xª Flottiglia MAS, que se destacó durante los últimos años de la República de Saló por la brutal represión ejercida contra los partisanos. Tras la guerra, se libra de la ejecución y es puesto en libertad en 1949 para ingresar en las filas del MSI. En 1968, abandona el partido por considerarlo demasiado blando y funda el Fronte Nazionale. Es entonces cuando tiene lugar el «golpe Borghese», que pretendía valerse de los militantes neofascistas, un sector de los carabineros y varios generales renegados para secuestrar al presidente de la República, ocupar los centros de poder, cortar las comunicaciones del país y barrer de un plumazo a la oposición. El propio Stefano Delle Chiaie, de nuevo en Italia, llega a tomar el Ministerio del Interior con un comando, pero el golpe es abortado y tanto Borghese como Delle Chiaie se ven forzados a huir a España. A la muerte del «Príncipe», en 1974, sus restos serán enviados a Roma, donde el ataúd es secuestrado por miembros de Avanguardia Nazionale para rendirle un último homenaje.

 

También en 1970, se hace descarrilar el tren Palermo-Turín a la altura de Gioia Tauro, lo que deja 6 muertos y 139 heridos. En 1972, una bomba mata en Peteano a tres policías. En 1973, Nico Azzi resulta herido al estallar el artefacto que pretendía colocar en el tren Turín-Roma. Pertenecía a Ordine Nuovo. En mayo del 74, en una manifestación antifascista en la plaza de la Loggia de Brescia, otra bomba deja 8 muertos y cerca de 100 heridos. Tres meses más tarde, el tren Italicus es dinamitado, muriendo 12 personas y quedando heridas otras 50. Hasta el año 1980, se registran otros seis atentados ferroviarios que no dejan víctimas mortales.

Todos estos ataques fueron perpetrados por terroristas neofascistas, aunque ello no fuera reconocido en un principio. Ya en 1969, la explosión de 10 artefactos en diferentes trenes por todo el país había sido atribuida a la extrema izquierda, si bien finalmente los autores resultaron ser Franco Fredda y Giovanni Ventura, de Ordine Nuovo. En el caso de Peteano, las autoridades no dudaron en responsabilizar de la matanza a las Brigadas Rojas, lo que supuso una importante campaña de represión contra la izquierda y la detención de 200 comunistas.

El más grave de todos estos atentados será el de la estación de Bolonia, uno de los bastiones del PCI. El 2 de agosto de 1980, una bomba colocada en la sala de espera de la 2ª clase hace explosión matando a 85 personas y dejando 150 heridos. Se trata del peor atentado terrorista sufrido en Italia desde el fin de la II Guerra Mundial.

 

 

*1ª parte del artículo publicado en Bruxismo Nº2 (abril 2018), fanzine que podéis comprar aquí.