Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

El padrino que renegó del Northern Soul: Roger Eagle y el Twisted Wheel

El padrino que renegó del Northern Soul: Roger Eagle y el Twisted Wheel
30 junio, 2018 Alejandro Alvarfer

 

«I was playing gospel stuff, but after 4 years at the Wheel it was down to that one fast Northern Soul dance beat which became very boring and that’s why I left in mid’67».

—Roger Eagle, The Cat Magazine, 1985

«I always end up/
Loving on the losing side».

—Tommy Hunt, Loving the losing side (Spark, 1976)

 

Conozco a muchas personas que se han sorprendido al conocer la escena northern soul, escena que, consciente o inconscientemente, casi siempre se relaciona con lo mod. Comprensible. Por más que rebusquen entre el material de archivo[1] más conocido, no verán sobre esas pistas cubiertas de talco ningún traje de moaré. En su lugar, pantalones de pata de Diplodocus que esconden piernas temblorosas, camisetas sin mangas empapadas en sudor, pelo largo y grasiento flotando en una pista de baile llena de chavales que hacen acrobacias a lo Bruce Lee. El look de sus anfetamínicos protagonistas recuerda más a cualquier película de cine quinqui que a una portada de los Small Faces.

La Historia que justifica la relación es conocida: el mod, que desde finales de los años cincuenta había hecho de Londres ―del Soho, para ser más exactos; de los tugurios del Soho, siendo pelmazos― su campo de juegos y correrías, ve como la fiesta londinense se decanta por la psicodelia. El mod ha pasado de inquietante agente provocador del underground a sobado cliché por obra y gracia de los cazadores de tendencias y, de la noche a la mañana que media entre 1965 y 1966, se ha convertido en un anacronismo. El mod, dice esa historia, se ve obligado a huir al norte, donde un puñado de fieles amantes de la música negra sigue programando vibrantes allnighters donde el mod puede bailar temas de Tamla Motown y Stax hasta el amanecer. Allí encuentra un Working class Eden habitado por chicos rudos y elegantes que prefieren a James Carr antes que a Jefferson Airplane, el órgano Hammond al sitar, el speed al LSD y el baile a la introspección. Allí se asentará, esperando a que cese el delirio hippie. Creará la escena northern soul y bailará hasta finales de los setenta, cuando eso del It’s a mod, mod world parezca ―durante un brevísimo instante― de nuevo verdad.

Pero esta bella historia de resonancias clásicas ―los mods son forajidos que huyen al norte para desde allí iniciar la reconquista de la mano de Paul Weller y los Merton Parkas― parece demasiado perfecta para ser algo más que una reconstrucción histórica posterior. Es importante tener cuidado con la maneras que tienen las subculturas de explicarse a sí mismas. Con ellas se hace especialmente necesario distinguir entre leyenda épica y realidad.

La realidad es que los mods del revival nacen a finales de los setenta y ―en sus inicios― su banda sonora se compone sobre todo de new wave, punk rock y rythm & blues blanco de grupos sesenteros como The Who. Cuando se empieza a profundizar en los orígenes y a mirar hacia la música afroamericana[2] de los sesenta, descubren que ya existe gente que se dedica a escuchar esa música mientras suda estimulantes, aunque dando mucha más importancia a la comodidad que a la elegancia. En ese momento, tanto unos como otros necesitaban algo donde apoyarse, y la historia del mod durmiente venía que ni pintada a todos, ya que dotaba de legitimidad a las dos escenas por igual. Relacionaba a los nuevos mods con sus orígenes sesenteros y daba prestigio a los chicos del soul, proveyéndoles de un bello discurso con el que explicarse.

¿Entonces?

Si todo es un invento, ¿de dónde viene el northern soul? ¿Por qué demonios terminan unos chicos de clase trabajadora de una ciudad industrial escuchando discos oscuros de una música totalmente distinta a la que promueven los medios? Pues porque no todo es un invento. El northern soul sí hunde sus raíces en el modernismo, aunque la realidad haya sido mucho menos épica. La respuesta se oculta entre la colección de discos de un chico de Oxford ―que no era mod, pero adoraba la música afroamericana― que en 1964 se convierte en el dj residente de un local de Manchester. Para conocerla, hay que acercarse al Twisted Wheel para bailar lo que ponga Roger Eagle, el eslabón perdido entre el Mod y los chicos del soul.

Sea como fuere, lo que parece claro es que no hubo hordas de scooters italianas rodando hacia Manchester todos los fines de semana.

 

Si uno investiga un poco, se da cuenta de que lo cierto es que para finales de los sesenta, es difícil de creer que quedasen los suficientes mods como para hablar de ningún tipo de migración masiva a ninguna parte. De hecho, es posible que no quedase ninguno. La mayoría se metió de lleno en la psicodelia, mientras que un salario de mierda trabajando como dependiente en el Marks and Spencer acabó con las fantasías de muchos otros. Se supone que unos pocos ―los famosos hard mods― se reciclaron como skinheads. Aunque sí es posible que haya habido mods que hayan seguido siendo fieles al movimiento y que hayan buscado en la escena de clubes del norte lo que ya no existía en Londres, parece evidente que de haber sido más que una extrema minoría, esos clubes de hecho habrían existido en Londres.

Sea como fuere, lo que parece claro es que no hubo hordas de scooters italianas rodando hacia Manchester todos los fines de semana.

Pero, ¿por qué demonios iban a ir a Manchester? Pues porque en el norte, a diferencia de lo que había pasado en el sur del país, sí se habían mantenido fieles a la música negra, las anfetaminas y los trajes. Pero es muy posible que las razones de esta fidelidad haya que buscarlas en la lentitud con la que por aquel entonces las modas viajaban de un sitio a otro. El norte de Inglaterra era menos cosmopolita que el sur y muchísimo menos cosmopolita que Londres. Lo más probable es que muchos de esos chicos no se hubieran enterado de que aquello ya no se llevaba. Además, las ciudades industriales del norte, con su cielo gris, sus calles sucias y sus jornadas de 9 a 5 eran menos proclives a las alegrías hippies, más de clase media, más de escuela de arte que de altos hornos. La cuestión es que, en esas ciudades, en la segunda mitad de los sesenta seguía habiendo mods y seguía habiendo clubes que programaban allnighters de música negra.

Uno de esos clubes ―aunque no el único, ni mucho menos― era el Twisted Wheel, que había abierto sus puertas en 1963. Situado al principio en Brazennose Street ―en Withworh Street a partir de 1965―, era propiedad de tres hermanos, Jack, Philip e Ivor Abadi, que se sumaron a la moda de los coffee bar, locales en los que no se servía alcohol, pero sí se podía bailar toda la noche música interpretada en vivo o programada por un dj. El Wheel era uno entre muchos, y quizás nunca hubiera pasado a la historia si no hubieran contratado a un joven llamado Roger Eagle que sufría una obsesión enfermiza por el soul y el rythm & blues.

«El noventa y nueve por ciento era música negra y eso marcaba la diferencia. Los otros clubs estaban más orientados hacia el pop, hacia lo que salía en las listas».

Como dice nuestro protagonista, lo que diferenciaba al Twisted Wheel de otros clubes era su dedicación exclusiva a la música afroamericana. En él, uno podía ver actuar en vivo a intérpretes negros idolatrados por los mods ―cuando llegaban a Inglaterra, estos artistas casi desconocidos en su país de origen eran recibidos como auténticas estrellas― como Chuck Berry, T-Bone Walker, John Lee Hooker o Edwin Starr. Después tocaba bailar hasta el desvanecimiento con discos de importación que se conseguían en las bases estadounidenses y en tiendas jamaicanas. Porque a Roger Eagle también le interesaba lo que venía de las Antillas y en sus sesiones podían escucharse desde rápidos temas de blue beat a crudas interpretaciones de de rythm & blues, pasando por pildorazos soul de discográficas como Stax, Atlántic y Okeh, que no tardarían en convertirse en míticas para mods y amantes del soul. Aquello era una mezcla ecléctica de sonidos profundamente negros que hizo despuntar al Wheel por encima del resto. Una eclectismo que era fiel reflejo de su dj residente.

Interior del Twisted Wheel, en su primera localización en Brazenose Street (1963-1965). En 1965 el Wheel se mudó al 6 de Whitworth Street, donde se mantuvo hasta su cierre en 1971.

 

Roger Eagle no era de Manchester, sino de Oxford. Pertenecía a una familia con pedigrí intelectual. Estaba lejanamente emparentado con George Bernard Shaw y su madre, Dorothy Eagle, era la autora de la Oxford Literary Guide to the British Isles, que todavía se sigue editando en la actualidad. Fue uno de esos adolescentes ingleses que, en un acto de identificación cultural que todavía está por explicar del todo, se sintieron atrapados por una música perteneciente a una tradición y un contexto totalmente ajenos al suyo. Por eso, Roger no fundó una revista sobre los poetas isabelinos, sino R’NB Scene, dedicada a la música que amaba. Por eso se hizo con una colección de discos que impresionó tanto a los hermanos Abadi que lo contrataron para pinchar en su local. Allí, rodeado de los esqueletos de ruedas de bicicleta que colgaban de las paredes, estuvo desde el año 63 hasta el 67.

El escritor estadounidense David Foster Wallace dijo una vez que en todo movimiento artístico se puede diferenciar entre maquinistas y tipos que solo se suben a un vagón. Entre los pioneros que encuentran nuevas fórmulas expresivas y los simples espabilados que se aprovechan de esos hallazgos sin apenas esfuerzo, mientras se dejan llevar cómodamente en un tren que no se mueve gracias a su talento.

Si aceptamos su metáfora, podemos decir que Roger Eagle puso en marcha la poderosa locomotora del Northern soul y se bajó antes de que el tren saliera de la estación.

Lo dejó justo cuando el local en que era residente estaba a punto de convertirse en leyenda. La música que él mismo pinchaba cada noche había hecho que la fama del Wheel traspasase las fronteras de Manchester y cada fin de semana llegaban grupos de chavales de las localidades vecinas. El problema era que el público llegaba cada vez más pasado de speed ―la tradición marcaba elegir un recorrido que contase con alguna farmacia fácil de atracar para aprovisionarse de anfetas― y exigía temas con tempo que estuviera en consonancia con sus pulsaciones. Up tempo. Los temas de soul acelerado desbancaron al rythm and blues y al blue beat, el sonido se hizo cada vez más homogéneo. Rápido, raro, cargado de emoción: había nacido el sonido northern soul. Pero el artífice de todo aquello no tardó en aburrirse: «Acabé muy cansado de llamar a ambulancias… y de no poder pinchar todo tipo de música[3]».

Para 1967, antes de que el Wheel despegase de verdad para convertirse en el primer templo de una nueva una subcultura, el hombre que lo había empezado todo abandonaba el club y la escena para siempre.

Roger Eagle y Millie Small a principio de los sesenta.

Después del Wheel, Roger continúa con su vida dedicado a acrecentar su leyenda como mito de la cultura popular británica, en otros clubes y con otros sonidos. En el mismo año en que abandona el Wheel funda otro local mítico del underground de Manchester, el Magic Village, enfocado a la música psicodélica y el blues rock de la costa oeste. En los setenta se muda a Liverpool ―una de las pocas ciudades del noroeste de Inglaterra, por cierto, que permaneció inmune a la fiebre del northern soul― y continua con su vocación de fundar locales históricos como el Eric’s, situado justo enfrente de The Cavern y llamado así para diferenciarse de los clubes de música disco con nombres cursis como Tiffany’s o Samantha’s. En él tocaron las mejores bandas del post-punk británico, como los Buzzcocks, Elvis Costello o Joy Division. Un club mítico que duró hasta 1980, cuando la policía lo cerró por algún motivo relacionado con el consumo de drogas ―la presión policial parece perseguir a la música de calidad desde el principio de los tiempos― tras un concierto de Pyschedelic Furs. Después  del cierre del Eric’s, Roger se instala de nuevo en Manchester, donde funda el International Club y sigue poniendo su conocimiento enciclopédico y un entusiasmo a prueba de bomba al servicio de nuevas bandas locales, como unos desconocidos Stone Roses. En los noventa, quizás en busca de algo de silencio después de tres décadas de presencia ininterrumpida en la brecha del pop, se retira a vivir a Gales. Allí le encontró un cáncer en 1999.

Hoy es justamente recordado como una leyenda de la música popular, sobre todo por ser uno de los pioneros que dieron forma a aquello de lo que renegó. Hoy Roger Eagle es recordado como el padrino del northern soul.

Fachada del Twisted Wheel en 1970, ya en Whitworth Street.

 

Por su parte, el Twisted Wheel se fue haciendo cada vez más famoso hasta su cierre en 1971 por las presiones de la policía. El sonido de tempo acelerado que Roger Eagle contribuyó a crear se convirtió en el paradigma del soul del norte. La búsqueda de discos extraños que encajasen con esos parámetros disparó una discofilia sin parangón, impulsora de una de las escenas más sorprendentes y cautivadoras de los últimos cincuenta años. The Golden Torch, en Stoke-on-Trent fue su siguiente templo, donde los temas rápidos siguieron reinando hasta su cierre (adivinen por qué). Y en 1973 abriría el que sin duda es el club de northern soul más famoso de todos los tiempos, el Wigan Casino. Por el camino la ropa se hizo cada vez más cómoda para un baile cada vez más extremo ―el break dance nació en el Wigan Casino―, las anfetaminas estuvieron cada vez más presentes, el tempo de las canciones se hizo cada vez más rápido. En 1978, cuando el Casino fue escogido como la mejor discoteca del mundo por la revista Billboard[4], hacía tiempo que los trajes se habían abandonado en los armarios.

Pero a medida que el northern soul se popularizaba, el sonido y la estética se fueron haciendo cada vez más uniformes y la escena comenzó a deslizarse peligrosamente hacia el cliché (consulten el videoclip de Footsee, de los Wigan’s Chosen Few[5] si quieren saber de lo que hablo). Es entonces cuando de nuevo surgen voces que recuerdan a la actitud de Roger Eagle diez años antes. Cada vez hay menos canciones originales que encontrar, la especulación amenaza con acabar con la discofilia creativa de los comienzos y, en general, toda la escena da preocupantes muestras de agotamiento.

Entonces, en 1974, otro amante de la música negra más allá de dogmatismo, Ian Levine, pincha en el Blackpool Mecca el famoso It really hurts me de los Castairs. Tras la canción, el predecible cisma entre puristas e innovadores, aquel sonido que para algunos suponía aire fresco para otros no era más que una herejía.

Por desgracia para estos últimos, eso que luego se llamó Modern soul había llegado para quedarse.

 

 

[1] Como el famosísimo documental de Tony Palmer sobre el Wigan Casino.

[2] Véase la famosa lista que elaboró Randy Cozens, miembro del movimiento mod original y participante del revival para la revista Sounds en agosto de 1979.

[3] Entrevista incluida en el documental producido por Ian Levine The Strange World Of Northern Soul.

[4] En una reveladora maniobra del destino, nos acabamos de enterar de que el famoso premio de la revista Billboard no es más que un mito para aumentar el tirón del Wigan Casino. No queda más que agradecer a Alejandro R. Herráez la info y ponernos a investigar. Prometemos artículo sobre el asunto.

[5] Pye, 1974.

*Artículo incluido en Bruxismo Nº2, fanzine que podéis comprar aquí

*Además de las fuentes citadas, es obligatorio agradecer al fanzine Ecos de sociedad su Historia del Northern Soul que podéis leer aquí: https://goo.gl/AUkmPe