Colectivo Bruxista
Dandismo subcultural.

La novela histórica ha muerto. Viva la novela histórica

La novela histórica ha muerto. Viva la novela histórica
14 marzo, 2018 Alejandro Alvarfer
In Blog, Literatura

Divagaciones sobre el género provocadas por la lectura de Télex desde Cuba, de Rachel Kushner (Libros del Asteroide, 2012)

 

Año publicación del libro original: 2012
Traducción: Gabriela Bustelo
Título original: Telex from Cuba

«Todo allí es orden y beldad
Lujo, calma y voluptuosidad».
Invitación al viaje

«El sabio se distingue del ignorante en que es capaz de no solo mantener el eje cronológico, sino contextualizarlo» .
A. Escohotado

 

Dice Antonio Escohotado que «en verdad sólo se puede conocer históricamente». Y es que nuestra forma de pensar ―de ser― es siempre histórica. Necesitamos la historia para comprender que nuestro presente no es natural ni necesario, para darnos cuenta de que las cosas pudieron haber ocurrido de otra manera, de que el horizonte de posibilidades que se abre ante nosotros es más amplio de lo que pensamos.

Por eso entiendo la narrativa de ficción como forma de conocimiento y la historia como narrativa, distinta de la ficción pero estrechamente ligada a ella. Algo que no parecen comprender la mayoría de autores de (no)novelas de ambientación histórica que llenan las mesas de novedades de las grandes superficies de legionarios y caballeros medievales. Novelas rosas ambientadas en periodos históricos ―normalmente lejanos― que vienen a respaldar la vieja visión de la Historia como realidad inmutable, libre de los prejuicios del que observa.

Pero no todo se reduce a duelos al atardecer, tampoco a hombres acongojados por el peso del poder sobre sus hombros. En los años 60 hubo una serie de escritores estadounidenses que crearon un nuevo tipo de ficción historiográfica a la vez genial y excesiva, lúcida y desquiciada. Hablo de Pynchon, Robert Coover, Toni Morrison, E.L. Doctorow, Ishmael Reed. Novelas divertidas que cuestionan su propia validez como relato y de paso la validez de todos los relatos oficiales. Monumentales enciclopedias del trastorno que revelan la tramoya del discurso histórico oficial, base de todos los demás discursos e instituciones.

A través de este tipo de novela histórica total, nacida al calor de las soflamas de los pensadores posestructuralistas, se lograron derribar murallas y se alcanzó una de las cimas de la literatura del siglo XX, pero también se llegó a un callejón sin salida. Eran novelas tan ambiciosas, tan totales, tan conscientes de sí mismas como ficciones, que se lo dejaban muy difícil a quien quisiera recoger el testigo. Muchos se asustaron y volvieron al viejo paradigma realista. No fue el caso de Rachel Kushner.

Rachel Kushner: novelas incendiarias y motocicletas.

 

Rachel Kushner es escritora. Rachel Kushner hace novela histórica. Rachel Kushner construye ficciones historiográficas con la delicadeza y brutalidad propias de las manos de un forense. Para cada una de sus autopsias, la estadounidense escoge el mejor escalpelo de entre los hallazgos formales de sus antecesores. Sus novelas no son ni tan monumentales ni tan histéricas como las de Robert Coover, pero la sorna y el humor absurdo presente en todas sus páginas es heredero de novelas tan chifladas como La hoguera pública. Tampoco alcanzan el nivel de complejidad formal de las novelas-mundo de Thomas Pynchon, pero comparte con él la predilección por los personajes ambiguos y la narración fragmentada.

Rachel K. toma lo que quiere de sus papis posmodernos y hace con ello algo nuevo, a la vez entretenido y revelador.

Su segunda novela (hasta ahora ha publicado dos novelas y un libro de relatos inédito en castellano) Los lanzallamas (Galaxia Gutenberg, 2014), es un relato lúcido y vibrante sobre el fin de la modernidad que te lleva desde los inicios del fascismo italiano (Arditi y romanticismo, Marinetti y Velocidad) a las revueltas y saqueos que tuvieron lugar tras el apagón de Nueva York.

Antes llegó Télex desde Cuba (L. del Asteroide, 2012), otra muestra más del talento de Rachel K. para indagar en las contradicciones, tanto de sus personajes como de sus presentes históricos. La novela tiene lugar en uno de los sitios más contradictorios del planeta: el Caribe. Son los años previos a la revolución cubana. Por el cabaret Tokio ―un burdel de lujo, una muestra más de esa decadencia luminosa que pareció caracterizar a la cuba prerrevolucionaria― transitan personajes ilustres como el ex presidente Prío, Fulgencio Batista o unos misteriosos hermanos Castro. Todos caen rendidos ante los encantos de la bailarina francesa con medias de rejilla Rachel K, que ―sorpresa― ni es francesa ni lleva medias de verdad (se las pinta concienzudamente con lápiz de ojos). Superviviente y astuta, ella es una de las narradoras de un relato fraccionado en el que se unen las voces de la propia Rachel K., del fascinante La Máziere (traficante de armas, primero colaboracionista nazi y luego barbudo de Sierra Leona) y de los hijos de los estadounidenses que han hecho de Cuba el escenario de su particular Sueño Americano Caribeño gracias a la mina de níquel y a las plantaciones de azúcar de la United Fruit Co.

Las voces se cuentan, se justifican, tratan de engañarnos y de conciliar unas contradicciones que ―como las de todo ser humano y todo momento histórico― son virtualmente irresolubles: niños ricos que suben al monte a odiar a sus padres, líderes revolucionarios que expropian las tierras de su propia familia, estadounidenses que se sienten cubanos incapaces de renunciar a unas distinciones ―de clase, de raza― que en esa isla son como el trópico de cáncer del globo terráqueo que una niña recorre con el dedo, una división en un espacio donde no se puede dejar un objeto fijo.

Todas estas contradicciones suceden al calor de la contradicción mayor: la Revolución. Rachel Kushner parece tener un interés obsesivo por esos momentos de insurrección, cuando lo controles sociales fallan y los valores se invierten. La revolución como momento efímero de resolución de todos los conflictos en un estallido poético de intensidad inigualable. Tras ella, una vez liquidada la ficción colectiva que vino a derribar, de nuevo la burocracia, de nuevo el poder, las contradicciones no resueltas y el aburrimiento; de nuevo otra ficción colectiva, otro discurso, otro Poder.

Si Los Lanzallamas es la gran novela de la insurrección, podemos tomarnos Télex desde Cuba como un adelanto genial que demuestra la solidez de la visión literaria de su autora. Una autora que, junto con otros valientes como el jamaicano Marlon James, los italianos Luther Blissett (ahora Wu Ming) y la española Cristina Morales, ha venido para hacer de la novela histórica un estilete y no una almohada sobre la que roncar.

Imprescindible.